viernes, septiembre 03, 2010
Acervo entre guacales (BREVE HISTORIA)
sandra.romandia@eluniversal.
com.mx
Un pedazo de colmillo de mamut está dentro de un guacal, apenas envuelto con papel periódico, como si se tratara de verdura para madurar. Ahí mismo, unas diez piezas arqueológicas se guardan con la delicadeza de quien almacena cachivaches en un sótano.
“Yo creo que sí tengo unas 600, fácil… más que nada fl echas y pedacería de loza”, dice con orgullo Don Ángel, nombre fi cticio que toma este señor de menos de 60 años, quien colecciona piezas arqueológicas que han sido extraídas, la mayoría, de la zona de la mixteca alta, en Oaxaca.
Sentado en una silla de madera, toma un trago al mezcal y continúa con su charla: “Aquí hay varias personas que tienen piezas… las soltarían si hacen un museo; todos queremosn un museo, pero dicen que no hay dinero”.
A él se las regalan o las compra. Las apila en varias cajas, envueltas todas en papel periódico. Hay pedazos de huesos, fósiles, trozos de ollas ancestrales, puntas de fl echas. “Un día un gringo me quería comprar una mascarita de jade, jade negro del bueno, de las culturas de antes, me
ofrecía mucho pero no quise, prefi ero tenerla yo”.
No sabe exactamente a qué periodo de la historia pertenecen sus tesoros, ni a qué culturas. En las rancherías de ese pequeño pueblo es común que en las excavaciones se encuentren piezas de todo tipo, luego se reparten o se venden.
“Hay un lugar que se llama Las Huercas, ahí hay muchísimas almejas, fósiles, con más de miles de años… muy bonitas… también hay otro lugar que pareciera cementerio de mamut”, dice. “Aquí debería venir gente especializada; de vez en cuando han venido arqueólogos extranjeros, pero no del INAH”. Se niega a responder si registró sus piezas o no, pero prefi ere que no se publique su nombre.
En el país, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) obliga a las personas que tienen piezas arqueológicas a que las registren.
El marco de la ley permite poseerlas pero no declararse como propietarios, porque no se pueden comercializar y, en teoría, pertenecen al patrimonio de la nación.
En Centroamérica y México el tráfi co de estos objetos es considerado como un problema serio. Marin Meyer, representante del Consejo Internacional de Museos asegura que los saqueos en sitios arqueológicos son de lo más común, y lo más preocupante es que no se tienen estadísticas
por la falta de intercambio de información entre los países.
Asegura que los principales destinos de las piezas son Estados Unidos y Europa.
El 14 de junio de este año, la galería parisina Binoche-Renaud-Giquello
vendió 80 supuestas piezas arqueológicas mexicanas por más de
un millón de euros. La Secretaría de Relaciones Exteriores envió una nota diplomática a Francia para denunciar este hecho.
En Nicaragua se acaba de crear un departamento en el Instituto Nicaragüense de Cultura en el que participará la Policía Nacional con el fi n de endurecer las medidas para
preservar el patrimonio histórico de esa nación.
A la par, en Italia, legisladores trabajan en aprobar una ley que disminuiría
la sanción a quien saquee piezas arqueológicas. La medida provocó reacciones de molestia debido a que quien cometa el ilícito sólo pagará una multa.
En México, Don Ángel espera que el gobierno mexicano tenga sufi ciente equipo humano y técnico para que visite su región, en la zona de la mixteca alta. Que algún día le ayuden a
clasifi car sus piezas sin sancionarlo.
Que un día el pueblo tenga un museo que haga recordar su cultura para siempre, dice el hombre antes de dar otro trago a su mezcal.
Lo que sí aplicó de la SB1070 (BREVE HISTORIA)
Sábado 31 de julio de 2010 TEXTO SANDRA ROMANDÍA sandra.romandía@eluniversal.com.mx | El Universal
La mañana del miércoles 28 de julio, Armando y Rosario amanecieron abrazados. Se despertaron sin decir nada, prepararon un café y sentados en silencio en su balcón que da a la 24 Street, en Phoenix, Arizona, empezaron a hablar de sus planes. Otra vez.
“Ella siempre llora un poco con el tema (de la Ley Arizona)… no es cosa fácil hablarlo. Yo no sé, no me imagino qué tan difícil será que tengas que dejar tu vida en un lugar sin haber hecho nada malo, sólo trabajar”, cuenta Armando, su novio, un mexicano de 30 años, residente legal en Estados Unidos.
Rosario tiene 25 años. Es delgada, morena clara, con cabello castaño y reflejos rubios. Ojos grandes y cejas pobladas bien delineadas. Como cualquier veracruzana, ama el baile, la música y la vida en familia, aunque la mitad de la suya se haya tenido que mudar a otro estado por miedo a las medidas antiinmigrantes que privan en Arizona.
Esa unión familiar fue, precisamente, la que la hizo vivir en Arizona, 15 años antes, cuando todos los miembros emigraron a Estados Unidos para buscar un trabajo para sobrevivir. Ella no podía decidir. Poco recuerda ya de México.
El miércoles al mediodía, cuando Rosario y Armando se enteraron de la decisión de la jueza federal que bloqueó algunas de las partes más duras de la Ley SB1070, celebraron.
Ella tenía días con sus pocas pertenencias empacadas en la cajuela de su automóvil. Había comercializado junto con su familia, desde semanas antes, en una “venta de garage”, la mayoría de sus cosas para tener todo listo por si entraba en vigor la nueva Ley SB1070, correr hacia otro estado o regresar a México. No tenía un plan seguro.
“Lo que yo no sabía cómo decirle, de qué manera explicarle, que en la ley sigue el apartado que dice que es delito transportar o albergar ilegales. Así que no le he dicho nada y ella parece no estar enterada de eso”, cuenta Armando.
Y es que, a pesar de las secciones de la nueva norma que la jueza Susan Bolton bloqueó, quedan otras que sí entraron en vigor el día jueves y que fomentan la discriminación en esa entidad.
La sección cuarta de la Ley SB1070 del estado de Arizona contempla como delito que un ciudadano o residente legal transporte en su vehículo a una persona sin documentos.
También se considera una falta que un estadounidense reciba en su hogar a una persona que vive de manera ilegal en ese país.
Ilícitos contemplados en el ordenamiento
En la Ley se menciona como delito: “El transporte, la procuración de transporte o el uso de propiedad mueble o inmueble de una persona o una entidad que sabe o tiene razón para saber que la persona o personas transportadas o a ser transportadas no son ciudadanas, residentes permanentes de Estados Unidos o de otra forma, con estancia legal en el estado o que hayan intentado entrar, hayan entrado o se hayan quedado en Estados Unidos en violación de la ley”.
En el estado de Arizona se calcula que viven entre 400 mil y 500 mil personas de manera ilegal. Todas ellas enfrentarían, según las normas, el rechazo de los ciudadanos y de los residentes legales para recibirlos en viviendas o para llevarlos o darles aventón en sus automóviles.
“Ahora no sé qué hacer. Es difícil para mí decirle a mi novia o a mis amigos, que no pueden venir a mi departamento o que no puedo darles ‘raite’ al trabajo, por ejemplo. No creo poder hacerlo, prefiero que me procesen con un juez a discriminar así a la gente a mis amigos. Esa jueza hizo muy bien en quitar algunos artículos… pero, ¿no debió bloquear toda la Ley? Toda la Ley SB1070 en sí fomenta el racismo y la discriminación. Y, también, el miedo en los que sí somos legales”, afirma Armando.
Lila le canta a su pueblo sin su pueblo


Sandra Romandía/Enviada
El Universal
Tlaxiaco, Oax Martes 20 de octubre de 2009
00:22
Una señora de surcos en el rostro, con ojos apretados, como cerrándolos un poco para enfocar mejor desde lejos, se cubre del frío con un rebozo que le rodea los brazos.
Sus piernas tiritan debajo de la larga falda mixteca. Pone las manos, como las pondría un prisionero, sobre la maya ciclónica que la separa del público: unos mil invitados que pudieron gozar de sillas vestidas con telas y moños elegantes, servicio de bebidas y a Lila cantando frente a ellos.
Amigos del presidente municipal, extranjeros que vienen desde el Distrito Federal, fans que viajaron desde la capital de Oaxaca u otras ciudades. Asientos con un costo de 500 pesos: más o menos lo que llega a ganar una indígena de la zona, en un mes.
Lila Downs, mientras hace sus bailes de brazos extendidos y movimientos de hombros sobre el escenario que usa como un santo a su altar, no deja de desviar su mirada hacia los lados, donde la gente de su pueblo está tratando de verla, desde afuera. Les sonríe, les canta mirándolos a los ojos.
El pasado fin de semana, en las fiestas de Tlaxiaco, su ciudad natal ubicada a 180 kilómetros de la ciudad de Oaxaca, fue la primera vez que Lila se paró en un escenario para mostrar su voz y presentarla a su gente; a los que ya conocían su música, y a los que no.
Minutos después de acabarse el concierto, la cantante de origen oaxaqueño y estadounidense, aclararía en entrevista "no estuve de acuerdo en que haya cobranzas, pero hay que encontrar un punto medio. Si quieres trabajar con tu municipio y autoridades tienes que crear diálogo, y así fue como logramos venir, por él (el alcalde) y por Hildegardo (su padrino)".
Recibida como heroína
El pasado jueves, un día antes del concierto, llegó a su pueblo con la incertidumbre de no saber cómo la iban a recibir.
"Yo pensé que nunca iba a regresar, hace años que ni se para por acá", contaba un día antes del show, en pleno mediodía bajo un sol grosero, una señora de facha despreocupada que esperaba sentada afuera de un abarrotes para ver llegar a la cantante.
Un altavoz anunciaba "¡Vecino, vecino tlaxiaqueño, acérquese que en unos momentos llegará la señora Lila Downs, oriunda de estas tierras, artista famosa a nivel internacional!". Una mujer mixteca con un bebé en el reboso se acercó, curiosa; niños con sus padres; jovencitas uniformadas de escolares. Reflejaban gestos de emoción, risas, nervios de recibir a la artista a del pueblo.
Y así, entre unas mil personas que la esperaban a pesar del calor en la entrada a la ciudad, llegó Lila Downs. Vestida con un corsé y falda hecha con tejidos triquis en blanco y rojo, fue saludada por quienes fueron sus vecinos en su niñez, en el pueblo donde vivió hasta los 19 años, cuando se fue para estudiar música.
"¡Hola comadre, qué grande tu hijo!", decía Lila a una mujer morena de sonrisa grande que se emocionaba al darle un abrazo entre la multitud.
Miles de sonrisas la acompañaron, le gritaban frases como "¡Lila, te queremos!", o "Lila, eres lo máximo".
En un pequeño evento, autoridades municipales le dieron las llaves de la ciudad, develaron una placa por fuera de su casa y la nombraron "hija predilecta del pueblo" y embajadora de la cultura mixteca.
"Aquí está mi enterrado mi ombligo... yo soy, orgullosamente tlaxiaqueña, de estas montañas, de estos orígenes", dijo Lila con lágrimas en los ojos mientras, por fuera de la casa de su niñez, veía la placa que señalaba al inmueble como el hogar donde nació. A su lado, su esposo y saxofonista de la banda, Paul Cohen, le limpiaba una lágrima. Su madre, vestida en mezclilla y gorra, no dejaba de sonreír. Todos la saludaban también.
La cantante estuvo en un recorrido de casi tres horas, sobre un auto, desfilando, como lo haría una reina en las fiestas del pueblo. Visitó un plantel de secundaria, la Casa de la Cultura y presenció un pequeño festival dedicado a ella. La multitud nunca se dispersó; al contrario, en cada minuto se aglutinaba más gente.
Así, Tlaxiaqueños la acompañaron en el camino por las calles en donde, desde las ventanas de las casas, salían cabezas y manos que saludaban y saludaban, entre el alboroto. Las calles de Tlaxiaco son angostas y elevadas, las casas son tan viejas que huelen a tiempos de la conquista; en cada esquina hay alguna indígena, que apenas habla español, vendiendo algo, gritando algo: "¿No va a llevar tamales? ¿No va a llevar fruta? ¿No lleva orégano?"...
Ahí se desarrolló la historia de Lila. La niña que creció en una gran casa con animales y árboles de todo tipo, hija de un padre estadounidense escultor, fotógrafo y pintor. Ahí, el pueblo donde estrelló su auto en la casa del vecino; donde tenía un Jeep negro porque era una adolescente rockera; donde sacaba a su novio "Chucho" de las cantinas, a empujones.
Se presenta a su pueblo
Alfredo Martínez, un adolescente que toca en la banda del pueblo, está sentado enseguida del escenario, antes del show, esperando instrucciones de su director.
"Yo nunca había oído su música, ni mis papás. Pero ayer que la vi llegar al pueblo me gustó. Es bonita, y nunca había conocido a alguien famoso; se ve que es de otro mundo ella, de un mundo de fama, no parece de aquí", comenta el pequeño músico de piel morena y ojos negros como el cielo de esa noche. A él lo que le gusta, dice, es el reggaetón.
El concierto está retrasado dos horas porque el tráiler del equipo de sonido se descompuso en el camino. Todos esperan, con frío, con cansancio, casi será media noche. Incluso los que ven desde afuera.
También se rumora que Lila no podrá cantar: desde un día antes tenía un resfriado que le debilitó la voz.
Y de pronto Lila. Lila y esa voz que emociona.
Entró para abrir con la canción "Black Magic Woman", el nombre de la gira que realiza por México estos días. La gente del pueblo, la de afuera, sonríe, abre más los ojos; los que no ven bien, los cierran más para enfocar. No se mueven, no cantan, no bailan: parece algo nuevo para ellos. Pero todos esbozan sonrisas que hacen notar su entretenimiento, su gusto por estar ahí con su paisana.
La gente que está sentada, políticos, extranjeros y gente de las ciudades, tienen cocteles y whiskey en las manos. Tararean las canciones que parecen hacer jalar trozos de alma con cada sonido, con cada agudo y bajo.
Lila se deshace en sus ejecuciones de danzas, en su voz que, como resucitada, surgió como un grito de melodías que retumban en la oscuridad, en el recinto ferial, donde fue el concierto.
Desde el escenario puede ver a los invitados en sus sillas y también a todo el pueblo que acudió a los lugares gratuitos al final de los asientos, y a los lados del escenario. A lo lejos de todo eso, las montañas mixtecas, los grandes árboles, la tierra del color del barro.
Son las 12 de la noche y el frío dicta la calma de un público que al que la emoción le alcanza para aplaudir y cantar; poco a poco empezar a moverse.
La anciana de labios partidos y rostro de canales marcados empieza a suspirar, mientras se encorva por el frío, cuando Lila empieza a hablar en mixteco. Luego, cuando la cantante entona "vámonos, alejados del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada, nomás nuestro amor", la viejecilla sonríe viendo hacia la luna, como buscando un viejo recuerdo.
Detrás de ella decenas de tlaxiaqueños más se apretujan para alcanzar un buen lugar. Una niña arropada por el rebozo de su madre que lo cuelga en la espalda; un pequeño de piel color chocolate tomado de la mano de su papá que mira a Lila con ojos curiosos, bien abiertos: "qué bonita es", dice.
La música de "La Sandunga" suena y Lila, vestida con su traje negro con flores tehuanas bordadas, lanza sus voces, todas las que tiene. Cierra cantando junto con la banda del pueblo temas como "Pinotepa".
Al final del show, en un pequeño cuarto donde atiende a la prensa, Lila habla con voz cortada y el rímel negro un poco difuso, por las lágrimas. Visiblemente emocionada por la respuesta y recibimiento de su pueblo.
"Fue maravilloso venir a mi tierra, agradezco con todo mi corazón... siempre venir a la mixteca me pone triste porque hay tantas necesidades, tanta pobreza -dice y hace una pausa con un suspiro que tiene sonido de llanto -yo quisiera seguir haciendo con fuerza lo que hago para dar conocer nuestro orgullo, gracias, gracias a todos".
Redes sociales, escaparates del mundoo (BREVE HISTORIA)
Sábado 26 de junio de 2010 TEXTO SANDRA ROMANDÍA sandra.romandia@eluniversal.com.mx | El Universal
Cuando Guillermo Vázquez abrió su e-mail le llamó la atención el remitente de un correo en particular: Editorial Penguin, que le escribía para hacerle una oferta.
Se trataba de la compra de una de sus imágenes publicadas en Flickr, un sitio web que funciona como una comunidad o red social, pero con base en fotografías subidas por aficionados, que se etiquetan y comentan entre los usuarios.
Guillermo estaba en su oficina de consultoría, en Hermosillo, Sonora, y dejó la taza de café para imprimir el correo y leerlo con mayor claridad. “No podía creerlo”, cuenta. Le habían ofrecido lo equivalente a 50 mil pesos por la foto de una niña de la etnia mayo en una fiesta de Semana Santa en Júpare, Huatabampo, para usarla como portada de La Hojarasca, de Gabriel García Márquez. El libro se editaría en Londres como parte de una colección de obras del escritor.
Guillermo, que sólo era un aficionado a la fotografía y nunca había expuesto su obra, no salía de su asombro. Aceptó la oferta.
“Ahí me di cuenta de que todos somos públicos; no se sabe cuándo estamos siendo vistos por un alguien del otro lado del mundo. Las redes sociales son increíbles. Yo ya me informo más por redes de lo que está pasando, por ejemplo”, dice.
El estudio Gustos, lazos y tiempo, de la Universidad de Hardvard, afirma que las redes sociales llegaron a marcar diferencias en los modos de consumir y de informarse.
Otros análisis muestran que uno de los tantos inconvenientes es que se maneja mucha información pero no puede confirmarse su veracidad.
Un estudio de la consultora estadounidense InSites Consulting, dice que al menos 72% de los usuarios de internet en el mundo son parte de al menos una red social, lo que equivale a 940 millones de usuarios.
En Twitter México se tiene un registro de casi 40 mil cuentas. Fue en esa red social en la que el gobernador de Nayarit, Ney González, confirmó la suspensión de clases por los operativos de las fuerzas federales. Días antes, había escrito en su muro:
“… Ahora ya sacaron nuevos rumores, uno de ellos es que inventaron que por órdenes mías se cancelan las graduaciones. Lo que es no tener qué hacer. Eso es falso!!!”
¿Habría sido posible comunicar, sin costo alguno y en segundos, a toda una población este tipo de mensajes hace 10 años?
Apenas en 2001 y 2002 surgieron los primeros sitios de redes. En 2003 se hizo popular My Space, y de ahí se desprenden los demás. Tuenti y Twitter nacieron hace cuatro años, Facebook hace seis, y todas estas páginas son productoras de noticias que saltan de la plataforma virtual a los medios de comunicación tradicionales, y viceversa.
En 2009, Facebook ganó 800 millones de dólares.
“Me parece increíble que alguien haya visto mis fotos desde Londres. Me parece increíble, también, que yo pueda enterarme de lo que hace Dalai Lama, por ejemplo, con lo que publica en Twitter; todo me parece raro”, dice Guillermo Vázquez, quien ahora puede presumir que lo que captó alguna vez su lente, hoy le da la vuelta al mundo en la portada de un libro, sólo por haberlo subido a una comunidad social en línea.
México: ilusión rota (LA BREVE HISTORIA)

SANDRA ROMANDÍA sandra.romandia@eluniversal.com.mx
El Universal
Sábado 08 de mayo de 2010
“¿Español? ¿Mexicana?” Pregunta el jovencito rubio con la sonrisa de quien encuentra un tesoro, a una turista. Está detrás de un mostrador de una pequeña tienda de souvenirs en Praga, República Checa.
Jivko Gadev, de 24 años, había emigrado de Bulgaria dos años atrás para tener mejores ingresos y ahorrar. A su cuenta bancaria abona todavía a su sueño: conocer México.
Desde que llegó a Praga compró una computadora y se dedicó a estudiar español en cursos. “Ya tengo monedas mexicanas, un adorno para la nevera y una bandera de México”, dice a la turista en casi perfecto castellano, levantando las cejas como para impresionar, una mañana de mayo de 2009. “Quiero ver todo eso que me han dicho que hay... bonitos lugares, deliciosa comida y gente buena”.
Lejos de ese continente, en Morón, en la Provincia de Buenos Aires, Argentina, Ana Benavoto colecciona en una caja de zapatos los artículos mexicanos que le han dado amigos que visitaron el país. Entre ellos, figuras de mariachis, una bandera del país y una muñeca.
Tiene 29 años y trabaja en el área de mantenimiento del Hospital de Morón desde hace cinco años. Planea, en dos años más, invertir sus ahorros en un viaje a México. Deseó eso desde niña, desde que veía las primeras telenovelas mexicanas.
El turismo en el país es una de las actividades económicas más importantes, pero en los últimos meses esta industria va a la baja. Hace tres días se anunció la retirada del barco Mariner o The Seas de la ruta Riviera Mexicana, debido a la imagen de inseguridad, según coincidieron Empresas para la Atención de Cruceros Turísticos y la Cámara Nacional de Comercio.
El Instituto Nacional de Migración registró 9% menos en ingresos de turistas internacionales en el primer bimestre del año, sobre todo en los estados del norte. En enero de este año, la Organización Mundial del Turismo ya alertaba: 19% la caída de turistas internacionales en 2009; importante factor, la epidemia de influenza A H1N1.
México ocupa el octavo lugar a nivel mundial en términos de llegadas de turistas internacionales, con 21 millones en registros en 2006. Este sector es la tercera fuente de ingresos de divisas, equivalente a 9% del PIB.
Hace tres semanas, Gloria Guevara, titular de la Secretaría de Turismo, compareció ante diputados para explicar cómo le haría para contrarrestar la imagen de inseguridad y no perder lo que históricamente ha nutrido de ganancias al país. La funcionaria federal minimizó el tema y dijo que México va por buen camino.
Hace apenas unos días, el diario The New York Times desplegaba la nota con el cabezal: “22 mil 700 personas asesinadas en la ola de violencia por droga en México, desde 2006”. En el periódico El Clarín, de Argentina, el 22 de abril se publicaba: “Por la violencia, una feria de armas y seguridad tiene récord de visitas en México”. Ese mismo día, Estados Unidos lanzó a sus ciudadanos la sexta alerta en dos meses sobre la recomendación de no visitar el país por la inseguridad. El jueves pasado Washington lanzó la séptima alerta.
¿No afecta al turismo la violencia por la guerra contra el narcotráfico? ¿Es mera percepción, como dice el presidente Felipe Calderón?
Un año después del encuentro con la turista mexicana, casi con la cuenta bancaria lista para iniciar sus vacaciones, el jovencito búlgaro le preguntó: “¿Y si me espero un poco más para viajar? Dicen que no es seguro ahí”.
Lo que deja el tsunami (BREVE HISTORIA)
SANDRA ROMANDÍA sandra.romandia@eluniversal.com.mx
El Universal
Sábado 06 de marzo de 2010
Tania González abrazaba fuertemente a Daniel, su hijo de 5 años, cuando la primera ola llegó. Lo sostuvo fuerte contra su cuerpo, y aguantó después la segunda ola —de más de 10 metros de altura— incluso bajo el agua. Luego perdió el conocimiento, y cuando volvió a abrir los ojos se encontró acostada cerca de unas rocas. De su pequeño no supo más.
Ella camina ahora, desesperada, por las calles de Constitución, en Chile. Muestra una foto: es Daniel junto a Santa Clós; la enseña a los periodistas extranjeros para saber si saben algo de él.
Con el rostro de angustia y los brazos marcados por profundos arañazos, pierde la lucidez cuando cuenta su historia. “Me las arreglé para agarrarlo por el estómago en las primeras dos olas, pero perdí el conocimiento”, dice llorando mientras busca a soldados de rescate para saber si tienen noticias de su único hijo. Se aferra a pensar que está vivo. “Estoy segura que mi niño va a aparecer”, dice. Apenas hace una semana celebraron su quinto cumpleaños.
En lo que quedó de las calles de Constitución, otra mujer, de unos 20 años, corre de prisa. Carga cajas con víveres y otros artículos cuando un policía la intercepta, discuten, le quita lo que lleva. Ella llora y sale corriendo.
El mismo oficial, un hombre gordo y con poco cabello, avanza unos metros hasta llegar frente a un comercio saqueado. Detiene, tira al suelo y patea a habitantes que robaban mercancía. Al fondo se observan las cenizas de la catástrofe: escombros, árboles derribados, basura desparramada. Lo que tragó y escupió el tsunami.
“Nosotros estábamos en el cerro, sentíamos una sonajera nomás... que sonaba ¡cracs, cracs!”, cuenta una mujer mayor entre gritos y sollozos, con los brazos bien abiertos como para retratar con su mímica la desgracia. Observa a su alrededor casas derrumbadas, autos volteados; sus cejas no dejan de estar en posición de inicio de llanto.
Estas tres historias sucedieron horas después de que la vida de cada uno de sus personajes transcurriera normal. La cotidianeidad de un pueblo pesquero de 56 mil habitantes se tornó gris por el choque de las placas tectónicas de Nazca y Sudamericana. Así se sacudió parte de Chile.
La mayoría de los tsunamis, también conocidos como maremotos, son provocados por fuertes sismos. Estas olas gigantes han sacudido a la humanidad desde los más antiguos registros. Se cree que la civilización minoica, esa cultura prehelénica desarrollada en Creta entre 3000 y 1400 a.C., desapareció por maremotos.
Historiadores cuentan que en Lisboa, Portugal, el Día de Todos los Santos de 1755 amaneció espléndido. Entre las calles de diseño medieval, a las 9 de la mañana, todo se pintó distinto. “Comenzó el mar a crecer con rapidez increíble. La mayor parte de los barcos se desprendió de las anclas y quedó a la deriva. El mar subió de tal modo que fueron arrastrados hasta la tierra”, contó en aquellos días Fredric Christian Sternleuw, un marino sueco.
A la fecha, y según registros modernos, el tsunami más devastador ha sido el del Océano Índico, en 2004, en Tailandia e Indonesia, donde murieron 250 mil personas. El terremoto fue de 9.3 grados y las olas alcanzaron entre 20 y 30 metros de alto.
El pasado 27 de febrero, el Centro de Alerta de Tsunamis de EU emitió una alarma a países del Pacífico, incluido México. Ahí habita el llamado Cinturón del Fuego, un anillo que bordea las costas de América, Australia y sureste de Asia en el Océano Pacífico, y que está compuesto por placas oceánicas que generan fricción constante y causan sismos.
Especialistas mexicanos también advirtieron que la actividad sísmica del Caribe puede generar un tsunami en costas mexicanas, que abarcan 10 mil kilómetros. No se sabe cuántos pueblos Constitución puedan caber en el litoral mexicano si fuera dañado por un fenómeno así. Tampoco cuántos Daniel desaparecerían si estas alertas se cumplen.
La lucha por la diversidad (BREVE HISTORIA)
SANDRA ROMANDÍA sandraromandia@eluniversal.com.mx
El Universal
Sábado 20 de marzo de 2010
El hombre alto, rubio, de lentes de pasta negra, ojos claros y facciones de modelo de revista había sido elegido por cuarta vez alcalde de la ciudad de San Angelo, en Texas. Once días después decidió renunciar.
“Tuve que tomar una decisión entre una carrera política y mi vida personal”, dijo J. W. Lown con voz titubeante, por teléfono, el 22 de mayo del año pasado a reporteros que buscaban una explicación de por qué dejó el cargo. ¿Qué joven de 32 años de edad, con 89% de aprobación lo hace?
Cinco años antes cruzó el Río Bravo un joven de 15 años con la ilusión de ir a la universidad. El indocumentado conoció a J. W. y ambos protagonizaron una película de amor casi intrazable por el mismo director español Pedro Almodóvar.
“No podíamos formar nuestra vida juntos en las circunstancias actuales”, dijo a una reportera mexicana J. W., por teléfono, tres días después de que el vocero del municipio anunciara su renuncia.
San Angelo es una ciudad conservadora, con 90 mil habitantes, que adoraba a su alcalde. A pesar de que la población había rechazado legislar el matrimonio homosexual, las cartas a la oficina gubernamental, pidiendo su regreso, llegaron una tras otra: J. W. Lown había sido alcalde desde los 26 años y 89% de los ciudadanos votó por él de nuevo.
No se sabía de sus preferencias. “En San Angelo la gente vive y deja vivir. Si usted no va en pantaloncillos a la escuela, nadie se mete con uno”, dijo Mario Castillo, su padrino.
J. W. tuvo que enfrentarse así a dos prejuicios y problemas legales con respecto a su pareja: era homosexual e indocumentado. Dos temas de racismo que, en su caso, se mezclaron en uno solo y lo obligaron a irse a México con su novio en espera de poder legalizar la situación y volver.
Sólo nueve países aceptan las uniones homosexuales en todo su territorio, y otros más en algunos estados, como México en el caso del DF.
Existen registros de que en la Europa clásica hubo matrimonios homosexuales. Algunas de las antiguas sociedades griegas y romanas celebraban las relaciones entre personas del mismo sexo, como la unión del emperador Adriano con Antinoo.
El tema es tan antiguo y tan actual como que en México, en menos de 15 días, dos diputados han externado públicamente su repudio a las personas homosexuales. Los políticos, encargados de la justicia, igualdad y legislación de leyes que hubiera necesitado J. W. Lown en el caso de Estados Unidos, se expresaron de manera despectiva.
“La alianza entre PRD y PAN es una unión pervertida, casi gay”, dijo en tribuna de San Lázaro Óscar Levín, aunque un día después se disculpó.
Días después, el diputado de la Asamblea Legislativa, Cristian Vargas, dijo que los homosexuales tienden más a violar niños que a cuidarlos. También pidió disculpas, pero no se retractó.
J. W. Lown está en algún sitio, desconocido hasta ahora, de México, en espera de poder legalizar a su pareja y volver. “Ningún ciudadano de EU debería irse frente a esta decisión”, dijo en esa entrevista.
El actor estadounidense George Takei dijo una vez “antes, en el sur, había un bebedero dividido en dos, era la misma agua, la misma sed, pero eran dos mundos diferentes: uno para blancos y otro para negros; llevo con mi pareja 21 años, pero la diferencia (es ahora) la dignidad de estar casados, la misma dignidad de todo el mundo”.
J. W. Lown dijo en su última declaración a la prensa: “Espero conservar algo de mi buen nombre cuando esto se resuelva”.
miércoles, julio 29, 2009
Rudolfo abre los ojos
Rudolfo había ido a su primer día de clases en la universidad. Ese día vestía pantalones chorreados por la holgura, el cabello desparramado como un trapeador marchito y una camiseta de colores chillantes entre las muchas que tiene en su repertorio. Tiene 19 años y una cara de ilusiones juveniles que piensa aprovechar en la academia.
Cuando llegó a casa estaba pensativo. No quiso comer. Se sentó en la mesa con sus padres y enrolló una tortilla que no se llevó a la boca. La observó como un animalito extraño.
-¿Qué pasó, papá, con el país?
-¿Qué pasó de qué? -le contestó sin dejar de masticar el señor, un comerciante de percha común y un bigote grisáceo como de trapo viejo.
- Pues, que yo pensé que en México las tortillas, por ejemplo, eran algo tradicional, histórico.
- Sí hijo.
- Pero hoy me explicaron que este maíz ya ni se produce en México.
- Ah, no, creo que no. Sabe, con razón está cada vez más caro el kilo. Antes comíamos sin contarlas y ya ves, ahora son tres por cabeza.
- Pero si México no produce tecnología, ni gran ciencia, ni transformación, yo pensaba que la agricultura era su fuerte, pero ni eso. Papá, tengo 19 años y ‘ora sí me habían entrado ganas de meterle al estudio y ser alguien, pero hoy entendí que está cañón.
El padre dejó su tortilla enrollada a un lado y la cuchara que sopeaba los frijoles aguados. Vio a su hijo como alguien observa a un extraterrestre en la televisión. No dijo nada y vio cómo Rudolfo se fue a su cuarto y de un portazo desapareció de la escena.
Al día siguientes despertó a las seis de la mañana, se bañó en la regadera de azulejos desteñidos y con cara de somnolencia que no perdona los ojos pegados salió de su unidad habitacional. Es un barrio populoso con olor a comida frita en cada esquina. Cuando era bebé, Rudolfo había nacido en un departamento más amplio, con menos hacinamiento en los pisos y menos vecinos. Según su padre, la crisis del 94 les arrebató como una pinza maligna llamada hipoteca, su casa. De ahí jamás se recuperaron y fueron a dar a ese departamentito de apariencia más bien popular y comunal, con paredes que le contaban que un baldazo de pintura no conocían desde hace muchos años.
Después de salir de la preparatoria a Rudolfo le empezaron a preocupar otras cosas: cómo ganar dinero, qué estudiar, cómo está la situación en su país que a sus 19 años jamás había volteado a ver por pasarse las mañanas y las tardes en videojuegos, fiestas, borracheras, coleccionismo de afiches de grupos de rock y hip hop. Había visto cómo dos de sus mejores amigos embarazaron a sus infantiles novias y ahora vivían un infierno hechos una bola más dentro de la casa de los suegros, y un bebé que no dejaba de llorar por tener los pañales mojados, arrugados ya de caducos. Pero qué caros estaban. Pero cómo se quejaban de que no les alcanzaba. Pero qué poco los veía ya. Esos amigos desaparecieron de la farra.
Cuando llegó a la universidad lo primero que vio en la entrada fue a Jacinto, su amigo que aparentaba despreocupación con sus pantalones rotos, rastas en el cabello, piercing en ambas orejas y anillos de coco en los dedos. Era moreno como él con los dientes chuecos como un maíz mal formado. Se saludaron con entusiasmo con un golpe en la espalda. En realidad Rudolfo no sabía mucho de su vida porque Jacinto parecía esconderla en las pláticas con marihuana y las conversaciones de música. Sólo sabía que su padre se había ido a trabajar a los Estados Unidos desde hacía ya unos siete años. Desde entonces él dejó Oaxaca y empezó a vagar por el país hasta llegar al Distrito Federal. Mucho más grande que él, Jacinto iniciaba apenas su carrera.
En el salón de clases eran más de cuarenta. Algunos casi salían por las ventanas. A las nueve de la mañana empezó la clase de Introducción al Sistema Político Mexicano. Un maestro con pantalones de vestir grisáceos de tela floja y con bastilla chueca, zapatos negros gastadísimos, camisa blanca con manchas de plumón de pizarrón y un gesto de cansancio, así apenas hubiera empezado el día, les explicaba que el sexenio del segundo presidente panista estaba por acabar y habría qué esperar la novedad con los del PRI, que habían recuperado el poder y estaban por asumirlo. Todo lo contaba con un tono de poco ánimo como si hubiera repetido la misma cátedra desde hacía 10 años.
Entonces Rudolfo, con su sentado casi acostado en el mesabanco gris, hasta atrás de la fila pegada a la pared, alzó la mano y preguntó
- Oiga pero explíquenos. Hemos cambiado de partido, dice y ¿porqué seguimos igual de jodidos?
Se escucharon risitas tímidas en diferentes puntos del salón.
- Es difícil contestarle, ¿cómo dijo que se llamaba usted? Ah, sí, Rudolfo -dijo mientras se sentaba en su escritorio, trono de docente dictador - ¿Usted tiene un plan de vida?
- Sí señor. Creo que quiero ser político y funcionario de gobierno, nada más así puede uno salir de pobre.
- Bien, Rudolfo. Entonces imagínese que usted es el rey de un pueblo, imagíneselo donde quiera. En el pueblo se especializan en fabricar zapatos, ropa y muebles. Durante años y décadas usted cobra un porcentaje de lo que ganan, a todos. Ese dinero en vez de usarlo para mejorar las máquinas o investigar la forma de hacer más rápido y mejor los zapatos, ropa y muebles, lo utiliza en repartirlo entre sus amigos Jacinto, Rubén, Ignacio. Con el paso del tiempo su pueblo no tiene suficientes ganancias para la reparación de maquinaria ni mantenimiento y usted no tiene fondos para ayudarlos. ¿Qué hace?
- No pues, ni idea profe. Yo no más dije que quería ganar lana pero no sé resolver problemas -y suelta una carcajada que tiene eco en los demás.
- Imagínese entonces que a punto de colapsarse la economía de su pueblo decide usted dejar pasar a otros pueblos vecinos, sobre todo uno muy grande y poderoso para que a los habitantes les venda zapatos, ropa y muebles. No les cobra impuestos a los que meten la mercancía y ellos sólo se llevan la ganancia.
- Entonces yo les daría un apoyo a mi gente, no hay que ser culeis -interrumpe Rudolfo con una voz alta, pegando un brinco para sentarse al fin recto en su mesabanco.
-Ahí está el punto -continuó el maestro de facha cansada -Suponemos que se hace un fondo para ese apoyo y usted decide, otra vez, repartirlo entre Jacinto, Rubén, Ignacio y otros amigos nada más.
En ese instante el maestro vio el reloj y al notar que se había pasado cinco minutos de su tiempo dijo cambio y fuera para dar por finalizada la clase. Se le acercó a Rudolfo:
- Investiga qué onda con la agricultura en México y qué es Procampo. Mañana quiero que me expliques.
Rudolfo llegó al mediodía a casa, comió ejotes con chile, tres tortillas, Coca Cola y se adentró a la soledad de su cuarto. En internet buscó Procampo. Buscó Tratado de Libre Comercio. Buscó agricultura mexicana. Campesinos en México.
Después de cuatro horas de búsquedas y encontradas, de lecturas y relecturas se tiró en su cama con un movimiento de clavado hacia atrás. Vio el techo, sus paredes con posters, las fotos en su escritorio de sus amigos en borracheras, la foto de él cuando era pequeño y tenían un auto del año. La imagen de bebé en el departamento amplio que sólo creía recordar por descripciones de otros.
Entendió que cuando apenas él tenía dos años se había firmado en México el famoso TLC, un acuerdo para que Estados Unidos y Canadá importaran a México diferentes tipos de productos año con año, sin pagar los impuestos que se requerían. Que un tal presidente Carlos Salinas, que él no recuerda ni por reconstrucciones de imágenes como la de su departamento, había hecho el pacto trasnacional. Y que vendió la aerolínea más cara del país y también la empresa a la que en su casa destinaban el 20% de sus ingresos, siempre fijos para pagar el teléfono e internet.
Rudolfo recordó la historia a medias de Jacinto: su padre era campesino y se había ido a trabajar a Estados Unidos porque el campo no más no le dejaba para nada. En su camino desapareció o se olvidó de sus hijos, era la conclusión de su hippie amigo. Entendió la desesperación de ese papá: de 1995 al 2000 el gobierno bajó de 6% a 2% el presupuesto para apoyo al campo y también los créditos agrícolas. ¿Así cómo?
Comprendió que el papá de Jacinto seguramente murió al tratar de cruzar la frontera, como lo hacen miles al año, por eso no se supo nada más de él. Esa frontera por donde, en sentido contrario, pasan segura y cachetonamente los camiones cargados de maíz hacia México que no pagan ya lo que deberían: alrededor de 2 mil millones de dólares al país por carga fiscal.
Rudolfo leyó también que en el 2009, mientras él estaba enamoradísimo de Maricela su novia y los dos sólo planeaban estrategias y sueños para fugarse juntos, en todo México se daba la noticia de que el programa de apoyo a los campesinos llamado Procampo, durante 15 años había sido una estafa nacional: sólo favorecía a políticos, narcotraficantes y gente de influencia. Pocos fueron los pobres que sí recibieron el apoyo, seguramente entre ellos no estaba la cooperativa del papá de Jacinto, allá en su pueblo Ocotlán, Oaxaca. Leyó que eran las mismas familias ricas de México, las acomodadas, las de apellido compuesto o muy famoso ya sea por sus empresas o trayectoria política. Pensó en su nombre: Rudolfo González González, jamás aparecería entre el pequeño círculo de funcionarios y políticos del país. En ese momento se le quitaron las ganas de serlo también.
“Todo esto pasó mientras yo crecía”, se dijo para sí y seguía con un dejo de incredulidad. “¿Cómo en un país que dependía de su tierra y agricultura los pinches presidentes hicieron todo para que ahora nosotros compremos a otros y que nuestros campesinos vayan a morirse a la frontera o a trabajarle a un país que se pudre en dinero y además se la pasa haciendo guerras?”, se jaló la cabellera oscura deshilachada y ahí, acostado, levantó los pies a lo alto apuntando al techo. Desde esa perspectiva, se vio como un enanito frente a su propio cuerpo y así como enanito, se sintió ante tanta destrucción del sistema de su propio país.
Dos años antes, se había dado a conocer también la escalofriante cifra de que México tenía ahora 6 millones de pobres más. En total unos 56 millones. Se acordó de su amigo por internet, Kassel, un holandés que le platicaba que en su país nada más había 15 millones de habitantes.
No podía imaginarse cinco Holandas llenito de puros pobres, eso era lo equivalente en México.
No podía imaginarse un país que se había suicidado con un método de lenta acción durante tantos años. Soltó las piernas a la gravedad, rebotaron en la cama y se levantó.
Fue a tomarse un baño y vio los azulejos podridos sin posibilidad de ser cambiados. Recordó que hace muchos años tenían una casa más grande y una mamá que no trabajaba y sólo iba al super en un coche sencillo pero del año. Ahora los dos se partían el lomo más de ocho horas, no tenían auto y vivían en un departamento miniatura con los acabados literalmente acabados por los años.
Él tenía sueños y quería ganar mucho dinero, pero ahora ya no sabía cómo, pero sabía, al menos, que debía hacer algo.
sábado, julio 18, 2009
martes, febrero 17, 2009
jueves, octubre 16, 2008
Mi abuelita no era eterna
Mientras hablaba siempre con fluidez de los chismes familiares, de su vida, de la historia de Hermosillo o de las noticias, yo la veía con atención.
Cierto. Llegué a preguntarme ¿mi abuela es eterna?
Desde que tengo uso de razón era viejita, nunca vi su proceso de envejecer.
Este año cumplió 96 años y en su cumpleaños era la misma: platicadora, independiente, ágil, sin enfermedades… ¿mi abuela será eterna?
Luego levanta las cejas, ríe con escándalo y mueve las manos de un lugar a otro para explicar las cosas. Se cree por tener tan memoria y ser tan lúcida, llegué a imaginar.
Esta mañana me di cuenta que mi abuela no es eterna.
Desde hace unas semanas mi abuelita siempre tan necia parece que decidió morirse. Así, sin enfermedad alguna sin ninguna señal de muerte. Simplemente dejó de comer y nadie la sacó de ahí. “Solo estoy esperando el día”, dijo.
Y el día llegó hoy. Yo estoy a 2 mil kilómetros de distancia y sin posibilidad económica de viajar para ver por última vez a ese imperio de canas brillantes y regaños insistentes. Quisiera imaginar que estoy cerca, ahí, con la familia y recordándole mientras ella está recostada en un lugar. Quieta al fin. Quizá entre sueños en su partida, como un adiós después del adiós, levante las cejas de nuevo y musite algún último chisme.
jueves, octubre 09, 2008
miércoles, septiembre 03, 2008
¿Dónde están mis papás?
Esta es una serie de tres historias de niños migrantes que intentaron cruzar Estados Unidos sin acompañarse de sus padres.
Algunos de ellos anhelan cruzar para reencontrarse con ellos; otros quieren ir para trabajar, enviarles dinero, y ser el “héroe” de la familia. Los sueños de todos ellos se vinieron abajo y ahora los acompaña el miedo, la soledad y un costal de experiencias que no imaginaron.
Vea hoy:
· La historia de un niño tlaxcalteco de 10 años de edad, que intentó cruzar para reunirse con sus padres a quienes no ve desde hace un año y medio
Mañana:
· La historia de un menor de 14 años que tuvo que beber agua de un charco en la carretera después de estar una semana en el desierto aferrado a su sueño americano
Pasado mañana:
· La historia de una niña poblana de 16 años que buscaba conocer Estados Unidos, aprender inglés, y mandarle dinero a su hermanita de 12 años que tiene un bebé producto de una violación
¿Dónde están, papás?
Segunda de tres partes
Alfredo, un niño de 14 años, resistió una semana en el desierto por ir en busca de alcanzar su sueño: trabajar en Estados Unidos y mandar dinero a casa
Por Sandra Romandía Vega
sandraromandia@expreso.com.mx
NOGALES.- En la noche se oían los ruidos de lo que Alfredo pensaba que eran conejos; el frío del desierto era algo nuevo para él y la oscuridad lo confundía. Temía encontrarse alguna víbora nocturna pero sabía que podría contra ella porque en su pueblo le enseñaron a matarlas.
¿Dónde estaban los padres de Alfredo mientras él pasaba ese miedo en una frontera desconocida? ¿Mientras él luchaba, ya no por cruzar al “otro lado”, sino por salvar su vida?
Su papá, en la cárcel.
Su mamá, trabajando en Tehuacán, Puebla.
Su papá, mató.
Su mamá, se fue.
Alfredo se había quedado sólo con sus tres hermanos en su pueblo, a unas horas de Tehuacán. La pobreza terminó por desesperarlo y decidirse ir a buscar un “tesoro prometido” en Estados Unidos. Entonces, tomó camino con un tío.
“Yo le dije a mi mamá, hablé con ella por teléfono y le dije que me venía a trabajar… no, no estaba muy convencida”, relata el menor de 14 años de edad.
Alfredo es de color moreno encendido, pelo negro con peinado rapo de los lados y parado del frente, ojos pequeños y muy oscuros. Mirada muy fuerte.
“Pensaba trabajar en el campo, aunque sabe qué, ni sé cómo será Estados Unidos, no me lo imagino… pero yo quería trabajar en el campo porque me gusta, sí, me gusta”, cuenta.
Diecisiete días antes de su relato, Alfredo había llegado al norte de México junto con su tío, a la región del Sásabe. Ahí les dijeron que debían caminar un tramo de desierto y después serían levantados por unos polleros que les cobrarían 5 mil pesos.
“Éramos un grupo de unos veinte y yo era el más chico”, dice.
Alfredo cargaba en su mochila unas galletas María, tortillas, pan, agua, atún y “chilito” para acompañar todo. Los demás, también llevaban sus provisiones.
¿Dónde están mis papás?
Mientras el niño sufría temor y frío, la mamá de él trabajaba en Tehuacán.
“Trabaja en quién sabe qué, la verdad no sé, nunca me ha querido decir; hace ya tiempo que se fue del pueblo y nada más nos manda dinero cuando puede”, explica Alfredo.
Su papá, en cambio, estaba encerrado en las paredes de la prisión de esa misma ciudad.
“Mató a un señor creo, no sé, ya tiene doce años ahí”.
Sus otros dos hermanos, más chicos, esperaban noticias suyas; y esperaban que en un futuro, les enviara dinero para vivir mejor.
Pero no fue así. Alfredo estaba asustado y comenzó a darse cuenta que cruzar no era cosa fácil.
“Estuvimos una semana, que íbamos y veníamos a un árbol, un día nos regresamos a donde estaban unas personas. Pero volvíamos a caminar por el desierto, ya no teníamos agua y nos estábamos perdiendo. Cuando veíamos a la patrulla o la escuchábamos, nada más nos tirábamos todos al suelo sin respirar, nos decían”, relata el pequeño y se le empieza a cortar la voz.
“Ya al final mi tío fue el que dijo que nos íbamos a morir, que no aguantábamos más porque no había agua… caminamos y vimos una carretera y ahí había un charco y yo tomé agua de ahí de la desesperación… ¡estaba muy mala!”, cuenta cuando empieza a salirle una lágrima, y continúa, “en cuanto vimos una patrulla hicimos señas, gritamos, nos entregamos porque ya nos íbamos a morir, dijo mi tío”.
Ahí, el sueño terminó.
Alfredo cuenta desde el centro de Atención a Niños Migrantes Repatriados de Dif Sonora, que está aburrido, tiene 12 días al cuidado de las autoridades, y espera que pronto su tío Bonifacio vaya por él. A ese lugar llegan unos 2 mil niños al mes que fueron regresados.
“Yo quería buscar trabajo en Los Ángeles, mandar dinero a mi pueblo. Yo ya no quería estar sembrando nada más pa’ comer… no me puedo comprar nada más nunca, sólo comida que sembramos que son habas, chiles y frijol”.
Cuando habló a Puebla para localizar a su mamá, lloró. Ella también lloraba. El sueño había acabado, pero Alfredo logró estar a salvo.
“Yo quería regresar con dinero en la bolsa y al contrario, van a gastar para venir por mí… pero no, no regreso, yo pensé que era fácil que no era difícil”, comenta resignado y suspira.
