martes, febrero 17, 2009
jueves, octubre 16, 2008
Mi abuelita no era eterna
Mientras hablaba siempre con fluidez de los chismes familiares, de su vida, de la historia de Hermosillo o de las noticias, yo la veía con atención.
Cierto. Llegué a preguntarme ¿mi abuela es eterna?
Desde que tengo uso de razón era viejita, nunca vi su proceso de envejecer.
Este año cumplió 96 años y en su cumpleaños era la misma: platicadora, independiente, ágil, sin enfermedades… ¿mi abuela será eterna?
Luego levanta las cejas, ríe con escándalo y mueve las manos de un lugar a otro para explicar las cosas. Se cree por tener tan memoria y ser tan lúcida, llegué a imaginar.
Esta mañana me di cuenta que mi abuela no es eterna.
Desde hace unas semanas mi abuelita siempre tan necia parece que decidió morirse. Así, sin enfermedad alguna sin ninguna señal de muerte. Simplemente dejó de comer y nadie la sacó de ahí. “Solo estoy esperando el día”, dijo.
Y el día llegó hoy. Yo estoy a 2 mil kilómetros de distancia y sin posibilidad económica de viajar para ver por última vez a ese imperio de canas brillantes y regaños insistentes. Quisiera imaginar que estoy cerca, ahí, con la familia y recordándole mientras ella está recostada en un lugar. Quieta al fin. Quizá entre sueños en su partida, como un adiós después del adiós, levante las cejas de nuevo y musite algún último chisme.
jueves, octubre 09, 2008
miércoles, septiembre 03, 2008
¿Dónde están mis papás?
Esta es una serie de tres historias de niños migrantes que intentaron cruzar Estados Unidos sin acompañarse de sus padres.
Algunos de ellos anhelan cruzar para reencontrarse con ellos; otros quieren ir para trabajar, enviarles dinero, y ser el “héroe” de la familia. Los sueños de todos ellos se vinieron abajo y ahora los acompaña el miedo, la soledad y un costal de experiencias que no imaginaron.
Vea hoy:
· La historia de un niño tlaxcalteco de 10 años de edad, que intentó cruzar para reunirse con sus padres a quienes no ve desde hace un año y medio
Mañana:
· La historia de un menor de 14 años que tuvo que beber agua de un charco en la carretera después de estar una semana en el desierto aferrado a su sueño americano
Pasado mañana:
· La historia de una niña poblana de 16 años que buscaba conocer Estados Unidos, aprender inglés, y mandarle dinero a su hermanita de 12 años que tiene un bebé producto de una violación
¿Dónde están, papás?
Segunda de tres partes
Alfredo, un niño de 14 años, resistió una semana en el desierto por ir en busca de alcanzar su sueño: trabajar en Estados Unidos y mandar dinero a casa
Por Sandra Romandía Vega
sandraromandia@expreso.com.mx
NOGALES.- En la noche se oían los ruidos de lo que Alfredo pensaba que eran conejos; el frío del desierto era algo nuevo para él y la oscuridad lo confundía. Temía encontrarse alguna víbora nocturna pero sabía que podría contra ella porque en su pueblo le enseñaron a matarlas.
¿Dónde estaban los padres de Alfredo mientras él pasaba ese miedo en una frontera desconocida? ¿Mientras él luchaba, ya no por cruzar al “otro lado”, sino por salvar su vida?
Su papá, en la cárcel.
Su mamá, trabajando en Tehuacán, Puebla.
Su papá, mató.
Su mamá, se fue.
Alfredo se había quedado sólo con sus tres hermanos en su pueblo, a unas horas de Tehuacán. La pobreza terminó por desesperarlo y decidirse ir a buscar un “tesoro prometido” en Estados Unidos. Entonces, tomó camino con un tío.
“Yo le dije a mi mamá, hablé con ella por teléfono y le dije que me venía a trabajar… no, no estaba muy convencida”, relata el menor de 14 años de edad.
Alfredo es de color moreno encendido, pelo negro con peinado rapo de los lados y parado del frente, ojos pequeños y muy oscuros. Mirada muy fuerte.
“Pensaba trabajar en el campo, aunque sabe qué, ni sé cómo será Estados Unidos, no me lo imagino… pero yo quería trabajar en el campo porque me gusta, sí, me gusta”, cuenta.
Diecisiete días antes de su relato, Alfredo había llegado al norte de México junto con su tío, a la región del Sásabe. Ahí les dijeron que debían caminar un tramo de desierto y después serían levantados por unos polleros que les cobrarían 5 mil pesos.
“Éramos un grupo de unos veinte y yo era el más chico”, dice.
Alfredo cargaba en su mochila unas galletas María, tortillas, pan, agua, atún y “chilito” para acompañar todo. Los demás, también llevaban sus provisiones.
¿Dónde están mis papás?
Mientras el niño sufría temor y frío, la mamá de él trabajaba en Tehuacán.
“Trabaja en quién sabe qué, la verdad no sé, nunca me ha querido decir; hace ya tiempo que se fue del pueblo y nada más nos manda dinero cuando puede”, explica Alfredo.
Su papá, en cambio, estaba encerrado en las paredes de la prisión de esa misma ciudad.
“Mató a un señor creo, no sé, ya tiene doce años ahí”.
Sus otros dos hermanos, más chicos, esperaban noticias suyas; y esperaban que en un futuro, les enviara dinero para vivir mejor.
Pero no fue así. Alfredo estaba asustado y comenzó a darse cuenta que cruzar no era cosa fácil.
“Estuvimos una semana, que íbamos y veníamos a un árbol, un día nos regresamos a donde estaban unas personas. Pero volvíamos a caminar por el desierto, ya no teníamos agua y nos estábamos perdiendo. Cuando veíamos a la patrulla o la escuchábamos, nada más nos tirábamos todos al suelo sin respirar, nos decían”, relata el pequeño y se le empieza a cortar la voz.
“Ya al final mi tío fue el que dijo que nos íbamos a morir, que no aguantábamos más porque no había agua… caminamos y vimos una carretera y ahí había un charco y yo tomé agua de ahí de la desesperación… ¡estaba muy mala!”, cuenta cuando empieza a salirle una lágrima, y continúa, “en cuanto vimos una patrulla hicimos señas, gritamos, nos entregamos porque ya nos íbamos a morir, dijo mi tío”.
Ahí, el sueño terminó.
Alfredo cuenta desde el centro de Atención a Niños Migrantes Repatriados de Dif Sonora, que está aburrido, tiene 12 días al cuidado de las autoridades, y espera que pronto su tío Bonifacio vaya por él. A ese lugar llegan unos 2 mil niños al mes que fueron regresados.
“Yo quería buscar trabajo en Los Ángeles, mandar dinero a mi pueblo. Yo ya no quería estar sembrando nada más pa’ comer… no me puedo comprar nada más nunca, sólo comida que sembramos que son habas, chiles y frijol”.
Cuando habló a Puebla para localizar a su mamá, lloró. Ella también lloraba. El sueño había acabado, pero Alfredo logró estar a salvo.
“Yo quería regresar con dinero en la bolsa y al contrario, van a gastar para venir por mí… pero no, no regreso, yo pensé que era fácil que no era difícil”, comenta resignado y suspira.
domingo, agosto 31, 2008
Marcha de la inseguridad de la gente que puede vivir con seguridad

Sandra Romandía
- –
-----¿Sabes qué te sale mejor, Julia?
- –--¿Qué?
- –--Que tu hijo vuele directo del aeropuerto de acá a París, con las escalas que tiene. Porque si se va primero a Estados Unidos a quedarse con su amigo, sí le puede salir más barato pero es más tiempo.
- –--Se lo dije, lo pensé.
- –--Sí mira, te sale como quinientos dólares más nada más, y es mucho más sencillo. Dile al Raulito, hombre, que se deje de cosas –insiste la señora A a la señora B.
Las dos visten de blanco. Las dos con un tono peculiar de hablar, que recuerda a la clase burguesa de ascendentes europeos y clase acomodada, caminan por una razón. Dicen que es la seguridad, la seguridad de todos, desde que “todos somos Martí”.
Llevan joyas de marca, (como si el hecho de utilizar metales finos no fuera suficiente, hay que lucir una microleyenda TOUS o TIFFANY &Co.) Caminan con garbo, enseguida de ellas van sus maridos. Dos hombres altos y rubios, como ellas. Visten de blanco, como ellas. Hablan de viajes, como ellas también. Temen ser secuestrados, quizá y quizá por eso irrumpen entre plática y plática de negocios y placer para decir: “¡México!” “¡Seguro!” “¡México!” “¡Seguro!” “¡México!” “¡Seguro!”
La marcha de la gente nice del D.F. tuvo un final feliz, a fin de cuentas. Ningún atentado, secuestro a forma de burla, granadazo o boicot, ni la lluvia. Tuvo un día gris de aroma a protagonismo de todos, porque “todos somos Martí” y México está harto de eso.
Al finalizar el himno señora B le dice a A:
- –--¿Sabes qué? Ya sé qué se me antoja. Irme con Raulito hasta París nada más para dejarlo bien instalado, porque allá está también la hija de Silvina ¿no?
- –--Sí, de paso la saludas. No es mala idea…
miércoles, agosto 27, 2008
Lecciones desde el encierro
PRIMERA DE DOS PARTES
Por Sandra Romandía Vega
Son poco más de 300 presos los que cursan universidad mientras cumplen su condena en una de las pocas prisiones de Latinoamérica que cuenta con esta opción
Alrededor del 35% de presos comunes reinciden, pero esa cifra baja al 3% en el caso de los presos que cursaron materias en la Universidad de Buenos Aires instalada dentro de la cárcel
En los pasillos de las aulas de Devoto se puede soñar por momentos que la prisión no existe y que no hay delincuentes en el mundo, que todos corren con los mismos derechos y tienen aspiraciones posibles de lograr
BUENOS AIRES.- Pablo no quiere que se le noten las ganas de soltar el llanto. Nunca fue la intención de que la plática tomara un tono trágico. Me admite que lucha porque no le flaqueen las piernas y se le doblen los brazos como cuando "se pone mal". No tarda en agachar la cabeza. No lo puede evitar.
Pablo tiene 33 años y casi una tercera parte de su vida la conoce sólo en prisión. Pocas veces habla del encierro y de sus planes, si es que hay. De su vida perdida afuera, de lo que aprendió y lo que no volvería a hacer. Cuando platica de eso empiezan los problemas pero, al rato, solos se solucionan.
Ya había pasado por la cárcel antes, muy pequeño. Cuando la vio, pensó que era un lugar horrible y muy alejado de su realidad. Pensó que nunca tocaría esas rejas. Sólo pasó por fuera, en la colonia Villa Devoto. Era un niño apenas.
–Esa es la cárcel, ahí encierran a los malos –le dijo su padre.
–Los malos deben ser muy malos –sólo recuerda que pensó.
Ahora aquí está conmigo. Adentro del lugar que percibió algún día como la casa de los malhechores de las caricaturas y él, no se siente malo “tan malo” como pensaba que eran los malos.
En estos días cumple con sus 18 años de sentencia y se aferra a algo. Pablo tiene la opción de caminar diariamente por un diminuto paraíso: la posibilidad de olvidarse por algunas horas que es un preso. ¿Puede un condenado perderse en los muros de una universidad instalada dentro de una cárcel y dejar de lado la idea de que es un reo? Pablo dice que sí.
Cuando entré por primera vez a la cárcel de Devoto, en Buenos Aires, pensé que no aguantaría por muchas horas la tensión en el ambiente. Lugares así siempre son íconos de problemas, tensión e historias trágicas. Historias trágicas definitivamente sí, pero en los pasillos de las aulas de la Universidad de Buenos Aires en Devoto se puede soñar por momentos que la prisión no existe y que no hay delincuentes en el mundo, que todos corren con los mismos derechos y tienen aspiraciones posibles de lograr. Por un momento no se ve a varios metros algún tipo de celdas, nadie lleva esposas puestas, y ni si quiera se distingue quiénes son los celadores, los maestros y los alumnos. Son caras, la mayoría muy amables. Son risas en los pasillos y libros en manos y manos, debajo de brazos y brazos. En el área de aulas se vive bien, es otra cosa, asegura Pablo.
Fue un experimento. La extensión de la Universidad de Buenos Aires instalada dentro de la cárcel de Devoto es la respuesta a un cúmulo de peticiones de parte de presos de clase media alta que comenzaron a invadir la prisión en la década de los ochentas. En aquel tiempo no había referencia de un caso similar. No se sabía en ese entonces, lo que pasaría después. Lo cierto es que desde hace veintitrés años maestros y estudiantes habitan un espacio de cierta libertad artificial. Hay aulas, biblioteca, computadoras, mesabancos y pizarrones. Hay lecciones desde el encierro. Hay, también, graduados que tras las rejas son licenciados sin oficio.
Cuando conocí a Pablo dentro de la sala de maestros, no había reconocido si era un docente o un alumno. Es guapo y atractivo. Tiene treinta y tres años pero su rostro parece de veinticinco, lleva el pelo largo recogido por una liga, viste ropa informal como de rockero suave de los noventas. Es amable a veces en exceso y muestra cierta soltura al hablar, como la mayoría de los argentinos.
–Yo bajaba (a tomar lecciones) para salir del pabellón, porque se vive de diferente manera. Por acá se vive bien pero allá no se vive muy bien que digamos. Estar acá de nueve a seis de la tarde en otro ámbito que no es la cárcel meramente, hablando con profesores es distinto, ¿entendés? –cuenta mientras platica conmigo en una aula vacía de las seis que hay en total en el área universitaria de la prisión. A esa área sólo tienen acceso los alumnos inscritos en cursos o una licenciatura. Es un espacio cerrado, el más cercano a la entrada y salida general de la cárcel. Aparte de los docentes y trabajadores, nadie más puede acceder a esa sección de la penitenciaría; no visitas, no curiosos. Yo pude entrar como ayudante de un maestro, Aníbal Loguzzo. Después de algunos filtros, sin revisiones corporales, estar dentro de la UBA en Devoto resultó sencillo.
Los reos caminan con ropa casual por los pasillos, cargan libros, hacen bromas, platican con los maestros. A veces las relaciones son más profundas. Hay ocasiones en que el docente tiene que ser psicólogo y amigo porque son el único contacto que muchos tienen con gente del exterior, cuenta Loguzzo quien imparte cátedras en Administración. El ambiente es distendido y los mismos presos tratan de que ese espacio no parezca una cárcel, no son las reglas del juego típicas de un sistema de intercambio entre prisionero y celador.
Para Pablo la universidad en Devoto fue una segunda oportunidad de vida. Ahora cursa Administración y Contador Público. En 1998 fue cuando cayó preso y espera libertad transitoria en marzo del próximo año. Su juventud ya se fue entre cuatro paredes, está consciente de eso. Aunque al entrar me pidieron que no preguntara los motivos de su encierro a los presos, no pude resistir.
-Pablo, me han pedido que no te haga esta pregunta, si quieres no respondas. ¿Por qué caíste preso?
-Pues yo vine por causa de robo, tiroteo, asesinato y extorsión… cosas así. No tengo problema en decirlo, esa es mi carátula pero sólo diré eso. Tenía veintitrés años; se me subió la rebeldía a la cabeza, una cosa horrible. Yo no era así. Fue una etapa, una etapa que me dejó aquí sin mi hijo y mi mujer. Sin mi familia, porque mi vieja murió y sólo tengo a mi padre que lo he visto dos veces en casi diez años.
Al terminar la charla salimos al pasillo donde hay más aulas. Pablo se despide muy animoso, como si le hubiera servido platicar de temas de los que normalmente no habla. Sus ojos están un poco acuosos. La sonrisa firme. Me agradece haber ido a entrevistarlo. Me muestra la salida después de darme un abrazo. Yo veo en el pasillo angosto la puerta que llevará a las salidas principales. Justo en esa, arriba en la pared hay un letrero con letra a mano casi infantil: “Gracias por su visita, lo esperamos pronto”.
lunes, agosto 25, 2008
Rosa la Negla
- -----Pero igual la situación está muy fea, ¿no?
- -----Ay pues sí pelo plefiero así. Mila que con Fidel al menos tengo mi cualtito y mis cositas… vendo estos jaboncitos y de ahí saco algo ¿me entiende?
Doña Rosa platica como si se le fuera a acabar el tiempo. Al principio, cuando mis amigos me la presentaron no quería ni hablar. Me senté a un lado de ella, y ella evitaba mirarme. Veía hacia la calle estrecha, hacia el pavimento cuarteado, los carros viejísimos con la lámina despintada y podrida y los edificios de su barrio que amenazan con venirse abajo al primer estornudo.
El barrio San Juan está escondido porque podría ser una muy mala postal para los turistas que desde los noventas son el sostén principal de la isla. Es como una colonia perdida tras bambalinas a donde se pude llegar sólo con la guía de los lugareños.
Las calles son angostas, la gente de color se reúne en las banquetas a hablar de futbol, el color original de los edificios ya no se distingue y cada uno de estos inmuebles aloja a más cubanos para lo que originalmente estaban diseñados.
Afuera de uno de estos, en un escalón dañado se sienta Doña Rosa todos los días. Dice que no muere de hambre porque la fe le da para vivir. Tiene seis jabones en el suelo, le gustaría mucho vender uno hoy.
- -----Ay lo que a mí me gutaría e que vinieran ya a aleglalme mi cualtito… ¡velá como se etá cayendo todo! Y luego etá hata aliba, ¡con etas pielnas! E difícil niña, e difícil. A mí la gente me dice que me vaya allá, al centlo o la Habana Vieja a pedí… ay pero no… a mí me da mucha velgüenza… “pelo si te etá muliendo de hamble” me dicen. Pero no, yo no quiero telminá ahí piliendo a lo tulitstas ¿tú ve? –dice-casi-grita Doña Rosa.
- -- --Sí, sí veo… ¿puedo venirla a visitar mañana?
- -- --Sí, niña. Como quiera, no má dime… ¿cómo están tu amigos los de allá de México? ¿Cómo etá Rosa, tu amiga, que yo le decía “Rosa la blanca” polque yo soy “Rosa, la negla”? ¿Cómo etá Memo y Fano?
- -- --Muy bien, Doña Rosa, muy bien.
- -- --¡Ah, qué bueno entonce! Qué bueno que TODO etemos bien… E bueno, ¿me entiende? No debelía de quejalme ¿no? Mientlas haya vida…
