miércoles, julio 29, 2009

Rudolfo abre los ojos

Agosto 2011
Rudolfo había ido a su primer día de clases en la universidad. Ese día vestía pantalones chorreados por la holgura, el cabello desparramado como un trapeador marchito y una camiseta de colores chillantes entre las muchas que tiene en su repertorio. Tiene 19 años y una cara de ilusiones juveniles que piensa aprovechar en la academia.
Cuando llegó a casa estaba pensativo. No quiso comer. Se sentó en la mesa con sus padres y enrolló una tortilla que no se llevó a la boca. La observó como un animalito extraño.
-¿Qué pasó, papá, con el país?
-¿Qué pasó de qué? -le contestó sin dejar de masticar el señor, un comerciante de percha común y un bigote grisáceo como de trapo viejo.
- Pues, que yo pensé que en México las tortillas, por ejemplo, eran algo tradicional, histórico.
- Sí hijo.
- Pero hoy me explicaron que este maíz ya ni se produce en México.
- Ah, no, creo que no. Sabe, con razón está cada vez más caro el kilo. Antes comíamos sin contarlas y ya ves, ahora son tres por cabeza.
- Pero si México no produce tecnología, ni gran ciencia, ni transformación, yo pensaba que la agricultura era su fuerte, pero ni eso. Papá, tengo 19 años y ‘ora sí me habían entrado ganas de meterle al estudio y ser alguien, pero hoy entendí que está cañón.
El padre dejó su tortilla enrollada a un lado y la cuchara que sopeaba los frijoles aguados. Vio a su hijo como alguien observa a un extraterrestre en la televisión. No dijo nada y vio cómo Rudolfo se fue a su cuarto y de un portazo desapareció de la escena.

Al día siguientes despertó a las seis de la mañana, se bañó en la regadera de azulejos desteñidos y con cara de somnolencia que no perdona los ojos pegados salió de su unidad habitacional. Es un barrio populoso con olor a comida frita en cada esquina. Cuando era bebé, Rudolfo había nacido en un departamento más amplio, con menos hacinamiento en los pisos y menos vecinos. Según su padre, la crisis del 94 les arrebató como una pinza maligna llamada hipoteca, su casa. De ahí jamás se recuperaron y fueron a dar a ese departamentito de apariencia más bien popular y comunal, con paredes que le contaban que un baldazo de pintura no conocían desde hace muchos años.
Después de salir de la preparatoria a Rudolfo le empezaron a preocupar otras cosas: cómo ganar dinero, qué estudiar, cómo está la situación en su país que a sus 19 años jamás había volteado a ver por pasarse las mañanas y las tardes en videojuegos, fiestas, borracheras, coleccionismo de afiches de grupos de rock y hip hop. Había visto cómo dos de sus mejores amigos embarazaron a sus infantiles novias y ahora vivían un infierno hechos una bola más dentro de la casa de los suegros, y un bebé que no dejaba de llorar por tener los pañales mojados, arrugados ya de caducos. Pero qué caros estaban. Pero cómo se quejaban de que no les alcanzaba. Pero qué poco los veía ya. Esos amigos desaparecieron de la farra.
Cuando llegó a la universidad lo primero que vio en la entrada fue a Jacinto, su amigo que aparentaba despreocupación con sus pantalones rotos, rastas en el cabello, piercing en ambas orejas y anillos de coco en los dedos. Era moreno como él con los dientes chuecos como un maíz mal formado. Se saludaron con entusiasmo con un golpe en la espalda. En realidad Rudolfo no sabía mucho de su vida porque Jacinto parecía esconderla en las pláticas con marihuana y las conversaciones de música. Sólo sabía que su padre se había ido a trabajar a los Estados Unidos desde hacía ya unos siete años. Desde entonces él dejó Oaxaca y empezó a vagar por el país hasta llegar al Distrito Federal. Mucho más grande que él, Jacinto iniciaba apenas su carrera.

En el salón de clases eran más de cuarenta. Algunos casi salían por las ventanas. A las nueve de la mañana empezó la clase de Introducción al Sistema Político Mexicano. Un maestro con pantalones de vestir grisáceos de tela floja y con bastilla chueca, zapatos negros gastadísimos, camisa blanca con manchas de plumón de pizarrón y un gesto de cansancio, así apenas hubiera empezado el día, les explicaba que el sexenio del segundo presidente panista estaba por acabar y habría qué esperar la novedad con los del PRI, que habían recuperado el poder y estaban por asumirlo. Todo lo contaba con un tono de poco ánimo como si hubiera repetido la misma cátedra desde hacía 10 años.
Entonces Rudolfo, con su sentado casi acostado en el mesabanco gris, hasta atrás de la fila pegada a la pared, alzó la mano y preguntó
- Oiga pero explíquenos. Hemos cambiado de partido, dice y ¿porqué seguimos igual de jodidos?
Se escucharon risitas tímidas en diferentes puntos del salón.
- Es difícil contestarle, ¿cómo dijo que se llamaba usted? Ah, sí, Rudolfo -dijo mientras se sentaba en su escritorio, trono de docente dictador - ¿Usted tiene un plan de vida?
- Sí señor. Creo que quiero ser político y funcionario de gobierno, nada más así puede uno salir de pobre.
- Bien, Rudolfo. Entonces imagínese que usted es el rey de un pueblo, imagíneselo donde quiera. En el pueblo se especializan en fabricar zapatos, ropa y muebles. Durante años y décadas usted cobra un porcentaje de lo que ganan, a todos. Ese dinero en vez de usarlo para mejorar las máquinas o investigar la forma de hacer más rápido y mejor los zapatos, ropa y muebles, lo utiliza en repartirlo entre sus amigos Jacinto, Rubén, Ignacio. Con el paso del tiempo su pueblo no tiene suficientes ganancias para la reparación de maquinaria ni mantenimiento y usted no tiene fondos para ayudarlos. ¿Qué hace?
- No pues, ni idea profe. Yo no más dije que quería ganar lana pero no sé resolver problemas -y suelta una carcajada que tiene eco en los demás.
- Imagínese entonces que a punto de colapsarse la economía de su pueblo decide usted dejar pasar a otros pueblos vecinos, sobre todo uno muy grande y poderoso para que a los habitantes les venda zapatos, ropa y muebles. No les cobra impuestos a los que meten la mercancía y ellos sólo se llevan la ganancia.
- Entonces yo les daría un apoyo a mi gente, no hay que ser culeis -interrumpe Rudolfo con una voz alta, pegando un brinco para sentarse al fin recto en su mesabanco.
-Ahí está el punto -continuó el maestro de facha cansada -Suponemos que se hace un fondo para ese apoyo y usted decide, otra vez, repartirlo entre Jacinto, Rubén, Ignacio y otros amigos nada más.
En ese instante el maestro vio el reloj y al notar que se había pasado cinco minutos de su tiempo dijo cambio y fuera para dar por finalizada la clase. Se le acercó a Rudolfo:
- Investiga qué onda con la agricultura en México y qué es Procampo. Mañana quiero que me expliques.
Rudolfo llegó al mediodía a casa, comió ejotes con chile, tres tortillas, Coca Cola y se adentró a la soledad de su cuarto. En internet buscó Procampo. Buscó Tratado de Libre Comercio. Buscó agricultura mexicana. Campesinos en México.
Después de cuatro horas de búsquedas y encontradas, de lecturas y relecturas se tiró en su cama con un movimiento de clavado hacia atrás. Vio el techo, sus paredes con posters, las fotos en su escritorio de sus amigos en borracheras, la foto de él cuando era pequeño y tenían un auto del año. La imagen de bebé en el departamento amplio que sólo creía recordar por descripciones de otros.
Entendió que cuando apenas él tenía dos años se había firmado en México el famoso TLC, un acuerdo para que Estados Unidos y Canadá importaran a México diferentes tipos de productos año con año, sin pagar los impuestos que se requerían. Que un tal presidente Carlos Salinas, que él no recuerda ni por reconstrucciones de imágenes como la de su departamento, había hecho el pacto trasnacional. Y que vendió la aerolínea más cara del país y también la empresa a la que en su casa destinaban el 20% de sus ingresos, siempre fijos para pagar el teléfono e internet.
Rudolfo recordó la historia a medias de Jacinto: su padre era campesino y se había ido a trabajar a Estados Unidos porque el campo no más no le dejaba para nada. En su camino desapareció o se olvidó de sus hijos, era la conclusión de su hippie amigo. Entendió la desesperación de ese papá: de 1995 al 2000 el gobierno bajó de 6% a 2% el presupuesto para apoyo al campo y también los créditos agrícolas. ¿Así cómo?
Comprendió que el papá de Jacinto seguramente murió al tratar de cruzar la frontera, como lo hacen miles al año, por eso no se supo nada más de él. Esa frontera por donde, en sentido contrario, pasan segura y cachetonamente los camiones cargados de maíz hacia México que no pagan ya lo que deberían: alrededor de 2 mil millones de dólares al país por carga fiscal.
Rudolfo leyó también que en el 2009, mientras él estaba enamoradísimo de Maricela su novia y los dos sólo planeaban estrategias y sueños para fugarse juntos, en todo México se daba la noticia de que el programa de apoyo a los campesinos llamado Procampo, durante 15 años había sido una estafa nacional: sólo favorecía a políticos, narcotraficantes y gente de influencia. Pocos fueron los pobres que sí recibieron el apoyo, seguramente entre ellos no estaba la cooperativa del papá de Jacinto, allá en su pueblo Ocotlán, Oaxaca. Leyó que eran las mismas familias ricas de México, las acomodadas, las de apellido compuesto o muy famoso ya sea por sus empresas o trayectoria política. Pensó en su nombre: Rudolfo González González, jamás aparecería entre el pequeño círculo de funcionarios y políticos del país. En ese momento se le quitaron las ganas de serlo también.
“Todo esto pasó mientras yo crecía”, se dijo para sí y seguía con un dejo de incredulidad. “¿Cómo en un país que dependía de su tierra y agricultura los pinches presidentes hicieron todo para que ahora nosotros compremos a otros y que nuestros campesinos vayan a morirse a la frontera o a trabajarle a un país que se pudre en dinero y además se la pasa haciendo guerras?”, se jaló la cabellera oscura deshilachada y ahí, acostado, levantó los pies a lo alto apuntando al techo. Desde esa perspectiva, se vio como un enanito frente a su propio cuerpo y así como enanito, se sintió ante tanta destrucción del sistema de su propio país.
Dos años antes, se había dado a conocer también la escalofriante cifra de que México tenía ahora 6 millones de pobres más. En total unos 56 millones. Se acordó de su amigo por internet, Kassel, un holandés que le platicaba que en su país nada más había 15 millones de habitantes.
No podía imaginarse cinco Holandas llenito de puros pobres, eso era lo equivalente en México.
No podía imaginarse un país que se había suicidado con un método de lenta acción durante tantos años. Soltó las piernas a la gravedad, rebotaron en la cama y se levantó.
Fue a tomarse un baño y vio los azulejos podridos sin posibilidad de ser cambiados. Recordó que hace muchos años tenían una casa más grande y una mamá que no trabajaba y sólo iba al super en un coche sencillo pero del año. Ahora los dos se partían el lomo más de ocho horas, no tenían auto y vivían en un departamento miniatura con los acabados literalmente acabados por los años.
Él tenía sueños y quería ganar mucho dinero, pero ahora ya no sabía cómo, pero sabía, al menos, que debía hacer algo.

sábado, julio 18, 2009

Mi filosofía es una autocrítica. Mis errores desencadenan mi filosofía. Gracias a mis tropiezos y torpezas sigo haciendo filosofía. Esto a manera de una disculpa salvadora para que de mi existencia derive algún pedazo útil que le sirva a alguien

Memorias de mis rutas tristes

Próximamente.

martes, febrero 17, 2009

ESTAMOS EN CONSTRUCCION

En construcción, reconstrucción, diseño, rediseño. Espéralo!

jueves, octubre 16, 2008

Mi abuelita no era eterna

Mientras hablaba siempre con fluidez de los chismes familiares, de su vida, de la historia de Hermosillo o de las noticias, yo la veía con atención.

Cierto. Llegué a preguntarme ¿mi abuela es eterna?

Desde que tengo uso de razón era viejita, nunca vi su proceso de envejecer.

Este año cumplió 96 años y en su cumpleaños era la misma: platicadora, independiente, ágil, sin enfermedades… ¿mi abuela será eterna?

Luego levanta las cejas, ríe con escándalo y mueve las manos de un lugar a otro para explicar las cosas. Se cree por tener tan memoria y ser tan lúcida, llegué a imaginar.

Esta mañana me di cuenta que mi abuela no es eterna.

Desde hace unas semanas mi abuelita siempre tan necia parece que decidió morirse. Así, sin enfermedad alguna sin ninguna señal de muerte. Simplemente dejó de comer y nadie la sacó de ahí. “Solo estoy esperando el día”, dijo.

Y el día llegó hoy. Yo estoy a 2 mil kilómetros de distancia y sin posibilidad económica de viajar para ver por última vez a ese imperio de canas brillantes y regaños insistentes. Quisiera imaginar que estoy cerca, ahí, con la familia y recordándole mientras ella está recostada en un lugar. Quieta al fin. Quizá entre sueños en su partida, como un adiós después del adiós, levante las cejas de nuevo y musite algún último chisme.

jueves, octubre 09, 2008

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miércoles, septiembre 03, 2008

¿Dónde están mis papás?



Presentación de la SERIE: ¿Dónde están mis papás?


Esta es una serie de tres historias de niños migrantes que intentaron cruzar Estados Unidos sin acompañarse de sus padres.

Algunos de ellos anhelan cruzar para reencontrarse con ellos; otros quieren ir para trabajar, enviarles dinero, y ser el “héroe” de la familia. Los sueños de todos ellos se vinieron abajo y ahora los acompaña el miedo, la soledad y un costal de experiencias que no imaginaron.


Vea hoy:

· La historia de un niño tlaxcalteco de 10 años de edad, que intentó cruzar para reunirse con sus padres a quienes no ve desde hace un año y medio

Mañana:

· La historia de un menor de 14 años que tuvo que beber agua de un charco en la carretera después de estar una semana en el desierto aferrado a su sueño americano

Pasado mañana:

· La historia de una niña poblana de 16 años que buscaba conocer Estados Unidos, aprender inglés, y mandarle dinero a su hermanita de 12 años que tiene un bebé producto de una violación

¿Dónde están, papás?

Segunda de tres partes

Alfredo, un niño de 14 años, resistió una semana en el desierto por ir en busca de alcanzar su sueño: trabajar en Estados Unidos y mandar dinero a casa

Por Sandra Romandía Vega

sandraromandia@expreso.com.mx

NOGALES.- En la noche se oían los ruidos de lo que Alfredo pensaba que eran conejos; el frío del desierto era algo nuevo para él y la oscuridad lo confundía. Temía encontrarse alguna víbora nocturna pero sabía que podría contra ella porque en su pueblo le enseñaron a matarlas.

¿Dónde estaban los padres de Alfredo mientras él pasaba ese miedo en una frontera desconocida? ¿Mientras él luchaba, ya no por cruzar al “otro lado”, sino por salvar su vida?

Su papá, en la cárcel.

Su mamá, trabajando en Tehuacán, Puebla.

Su papá, mató.

Su mamá, se fue.

Alfredo se había quedado sólo con sus tres hermanos en su pueblo, a unas horas de Tehuacán. La pobreza terminó por desesperarlo y decidirse ir a buscar un “tesoro prometido” en Estados Unidos. Entonces, tomó camino con un tío.

“Yo le dije a mi mamá, hablé con ella por teléfono y le dije que me venía a trabajar… no, no estaba muy convencida”, relata el menor de 14 años de edad.

Alfredo es de color moreno encendido, pelo negro con peinado rapo de los lados y parado del frente, ojos pequeños y muy oscuros. Mirada muy fuerte.

“Pensaba trabajar en el campo, aunque sabe qué, ni sé cómo será Estados Unidos, no me lo imagino… pero yo quería trabajar en el campo porque me gusta, sí, me gusta”, cuenta.

Diecisiete días antes de su relato, Alfredo había llegado al norte de México junto con su tío, a la región del Sásabe. Ahí les dijeron que debían caminar un tramo de desierto y después serían levantados por unos polleros que les cobrarían 5 mil pesos.

“Éramos un grupo de unos veinte y yo era el más chico”, dice.

Alfredo cargaba en su mochila unas galletas María, tortillas, pan, agua, atún y “chilito” para acompañar todo. Los demás, también llevaban sus provisiones.

¿Dónde están mis papás?

Mientras el niño sufría temor y frío, la mamá de él trabajaba en Tehuacán.

“Trabaja en quién sabe qué, la verdad no sé, nunca me ha querido decir; hace ya tiempo que se fue del pueblo y nada más nos manda dinero cuando puede”, explica Alfredo.

Su papá, en cambio, estaba encerrado en las paredes de la prisión de esa misma ciudad.

“Mató a un señor creo, no sé, ya tiene doce años ahí”.

Sus otros dos hermanos, más chicos, esperaban noticias suyas; y esperaban que en un futuro, les enviara dinero para vivir mejor.

Pero no fue así. Alfredo estaba asustado y comenzó a darse cuenta que cruzar no era cosa fácil.

“Estuvimos una semana, que íbamos y veníamos a un árbol, un día nos regresamos a donde estaban unas personas. Pero volvíamos a caminar por el desierto, ya no teníamos agua y nos estábamos perdiendo. Cuando veíamos a la patrulla o la escuchábamos, nada más nos tirábamos todos al suelo sin respirar, nos decían”, relata el pequeño y se le empieza a cortar la voz.

“Ya al final mi tío fue el que dijo que nos íbamos a morir, que no aguantábamos más porque no había agua… caminamos y vimos una carretera y ahí había un charco y yo tomé agua de ahí de la desesperación… ¡estaba muy mala!”, cuenta cuando empieza a salirle una lágrima, y continúa, “en cuanto vimos una patrulla hicimos señas, gritamos, nos entregamos porque ya nos íbamos a morir, dijo mi tío”.

Ahí, el sueño terminó.

Alfredo cuenta desde el centro de Atención a Niños Migrantes Repatriados de Dif Sonora, que está aburrido, tiene 12 días al cuidado de las autoridades, y espera que pronto su tío Bonifacio vaya por él. A ese lugar llegan unos 2 mil niños al mes que fueron regresados.

“Yo quería buscar trabajo en Los Ángeles, mandar dinero a mi pueblo. Yo ya no quería estar sembrando nada más pa’ comer… no me puedo comprar nada más nunca, sólo comida que sembramos que son habas, chiles y frijol”.

Cuando habló a Puebla para localizar a su mamá, lloró. Ella también lloraba. El sueño había acabado, pero Alfredo logró estar a salvo.

“Yo quería regresar con dinero en la bolsa y al contrario, van a gastar para venir por mí… pero no, no regreso, yo pensé que era fácil que no era difícil”, comenta resignado y suspira.

domingo, agosto 31, 2008

Marcha de la inseguridad de la gente que puede vivir con seguridad








Sandra Romandía

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-----¿Sabes qué te sale mejor, Julia?

- --¿Qué?

- --Que tu hijo vuele directo del aeropuerto de acá a París, con las escalas que tiene. Porque si se va primero a Estados Unidos a quedarse con su amigo, sí le puede salir más barato pero es más tiempo.

- --Se lo dije, lo pensé.

- --Sí mira, te sale como quinientos dólares más nada más, y es mucho más sencillo. Dile al Raulito, hombre, que se deje de cosas –insiste la señora A a la señora B.

Las dos visten de blanco. Las dos con un tono peculiar de hablar, que recuerda a la clase burguesa de ascendentes europeos y clase acomodada, caminan por una razón. Dicen que es la seguridad, la seguridad de todos, desde que “todos somos Martí”.

Llevan joyas de marca, (como si el hecho de utilizar metales finos no fuera suficiente, hay que lucir una microleyenda TOUS o TIFFANY &Co.) Caminan con garbo, enseguida de ellas van sus maridos. Dos hombres altos y rubios, como ellas. Visten de blanco, como ellas. Hablan de viajes, como ellas también. Temen ser secuestrados, quizá y quizá por eso irrumpen entre plática y plática de negocios y placer para decir: “¡México!” “¡Seguro!” “¡México!” “¡Seguro!” “¡México!” “¡Seguro!”


En le caminata, antes de la primera mitad llegara al Zócalo, aparece escoltada por supuestos civiles vestidos al tono de la marcha Laura Zapata. Hay gente que la mira con morbo y curiosidad. Y otros la entrevista y ella, vestida de blanco, con un chongo en su cabello color oro natural, habla con casi gritos frases sueltas sobre lograr justicia, mientras sostiene una vela. Y muchos le admiran, le observan y creen que es casi una de las protagonistas de la marcha, porque desde hace unas semanas que “todos somos Martí”. Y Laura también lo es. Y es querida por eso, y porque fue la hermana de Marimar y María la del Barrio en las novelas y, por si fuera poco, se ven tan guapa como en la tele. Entonces el protagonismo de la pariente de Thalía se pierde por unos minutos: “Mexicanos al grito de guerra, el acero, aprestad y el bridón”… Son más de cien mil almas cantando al mismo tiempo entre edificios tan viejos como ricos en historia. El canto de himno sigue y los marchantes dejaron de hablar para cantar y para verse los unos a los otros. Unos se paran de puntillas para ver al frente, otros atrás. Es una marcha de nunca acabar y se ven los rostros serios, como si realmente encabezaran una lucha por la paz.

La marcha de la gente nice del D.F. tuvo un final feliz, a fin de cuentas. Ningún atentado, secuestro a forma de burla, granadazo o boicot, ni la lluvia. Tuvo un día gris de aroma a protagonismo de todos, porque “todos somos Martí” y México está harto de eso.

Al finalizar el himno señora B le dice a A:

- --¿Sabes qué? Ya sé qué se me antoja. Irme con Raulito hasta París nada más para dejarlo bien instalado, porque allá está también la hija de Silvina ¿no?

- --Sí, de paso la saludas. No es mala idea…