miércoles, abril 27, 2005

De símbolos vive el hombre

Sandra Romandía


Sentada en la banca de siempre, con el cigarro mentolado de siempre, los mismos zapatos viejos, y la repetitiva sonrisa cansada de apenas veinte años de vida. Esa, yo.

Postrada en la plaza viendo pasar a un y mil entes, pude observar cómo la gente se disfraza diariamente de lo que más le convenga, incluso yo.

Un jovencito con un libro en la mano, lentes de armazón oscuro, de pasta gruesa, abundantes pulseritas de hilo en los brazos: era un freak come libros preparatoriano, sin duda.

Una mujer de falda a la rodilla, medias color piel, zapatos puntiagudos altos, camisa formal y saquito igual: ejecutiva de segunda clase.

Miles de ejemplos más y así es como uno finalmente se da cuenta que los miles de insignias y carteles que rodean a este mundo semiótico siempre estamos jugando a ser alguien.

Ayer fui a un concierto de conocido intérprete pop, un “artista” que parece acaparar a todas las masas: chicos, grandes, rucos, ricos y pobres… de la perrada.

No quisiera parecer menospreciativa en esta descripción pero lo que relataré no puede estar más apegado a la realidad.

El día de la presentación del artista, entre el humo, la oscuridad y las gentes apretadas que gritaban la llegada de su artista, se notaba la diferencia de clases entre las categorías de los lugares.

Había zona “VIP”, zona regular y lo que vendría siendo el gallinero. ¿Precios? 400, 200 y 50 pesos. Nótese la diferencia.

Y se notó la diferencia, evidentemente. Sobre todo al evocar los signos de identidad conocidos en la semiología.

Adelante, en la zona VIP (donde no por casualidad me encontraba yo), la gente gritaba, esperaba ansiosa a su ídolo popero. Aplausos y sonrisas lo esperaban. Pero también algo más: un grupo muy selecto de admiradores y admiradoras, que traían puesto sin duda, la mejor ropa y en su mayoría comprada en el extranjero.

Ahí están, aparecen en las sudaderas las marcas Tommy, Guess, Polo, entre otras. Cientos de metros atrás, en la zona del gallinero, luce la “perrada”, y luce, literalmente, sus mejores garras y gorras. Sólo que la de ellos dice “Tammy, Guiss, o Palo”, en el mejor de los casos.

Era una realidad: los carteles que los colocaban como parte de un grupo social y económico eran reales.

Susana, en la primera fila de las VIP’s traía sus zapatitos de lentejuela. Manuelita sentada hasta atrás del gallinero traía puestas sus sandalias que han dado mil vueltas pero como las plumas Bic “no saben fallar”.

Quizá parezca terrible pero es cierto. En un mundo donde el capitalismo se extiende a pasos agigantados las insignias que marcan la pauta de pertenencia en las clases sociales parecen ser cada vez más palpables.

Las modas es otro signo que también forma parte importante de la globalización y el escenario donde conviven y se contraponen grupos de distintas clases sociales.

Es así como vemos que “el hábito sí hace al monje”, en tanto que mientras nos vistamos como debe de ser para las clases sociales de la “high” y no de la perrada, a la “jaig” perteneceremos.

Y mientras sigamos con los mismos signos que nos distinguen, la misma cosa seremos, aunque a fin de cuentas ¿quién busca ser alguien más?... Más de uno, menos yo.

Encontronazo sin colisión

Sandra Romandía


No pensé estar tan cerca esa noche. El súbito fuego que quemaba mi estertor despertaba de sus fantasías para volver, ahora, a la realidad.
Era el 15 de septiembre del 2002, los fuegos artificiales estaban por comenzar, el refuego, los cantos, los gritos y las celebraciones. Estaba húmedo el clima recuerdo, estaba húmedo; tan húmedo como mis labios, como la dulce lengua que se acogía entre mis dientes.
Sentado en una banca de la plaza de Catedral, que es sin duda testigo fiel y mudo ante mil y dos situaciones diarias, contemplé el azul anochecer que se respiraba, contemplé la suavidad que se escondía en el asfixiante ambiente atiborrado de gentes, banderas de México, música, comida y gritos. “Qué mañas tan extrañas se esconden en los tugurios de las soledades, y como de costumbre, la más grande de todas: yo”. Y así era, el más grande de los engendros: yo; el más sutil de los lamentos: yo; el versículo más reprochable: yo. ¿Por qué será que de entre los escombros, las cenizas, la basura, el montón de paja en tu espalda (como El país de la cola de paja), las pestilencias, siempre aparezco allí?
El 15 de septiembre, todas las teorías híbridas que entretejía cada mañana y a cada paso, se desconfiguraron; suaves, se escurrían de entre mis extremidades superiores; vertiginosas, caían al suelo; y se carcajeaban de su pueril creador, de la ingenuidad desnuda de su inventor. El 15 de septiembre, ¡qué cerca estuve de salir de mi cueva, de mi mundo pequeño!
Rebozado en envidia, miraba pasar a las parejas con sus corazones latentes y con sus borrascosas sonrisas pintarrajeadas en los labios; fue entonces, y sólo entonces, cuando de entre la niebla de mis alucinaciones y mis realidades la descubrí: Catalina, calada por la soledad como un hongo, revoloteaba por la plaza aquella noche.
Supe de inmediato que era ella: su cuerpo, sus morenas piernas delineadas, sus brazos delgados y tibios, sus manos delicadas y largas, su caminar angustiante, y sus senos pequeños pero dignos de un premio; además de sus todavía bien firmes glúteos, galácticos de ensueño, exquisita; era ella, no cabía la menor duda.
En es momento, quise lanzar un grito ensordecedor hacia ella, pero en vez de eso, recorrió por mi cuerpo el placer de aquella noche, “¡oh Catalina, amor mío”, susurré en voz baja casi muda, y de primera instancia sentí la necesidad de abordarla, de hacerle recordar mi existencia, de tomarla y conmemorar aquellos años. Habían pasado muchos ya —perdí la cuenta desde que el fechador de la Catedral dejó de ejercer su función— , cerca de quince, quizá veinte, de aquellos momentos, de la felicidad de su goce, los besos del apremio, las lenguas reconociéndose, haciendo planes mientras se enredaban.
Entonces, mientras la contemplaba y visualizaba sus cambios, sus rasgos modificados, antes etéreos, ahora ahogados de años; pensaba en la manera de dirigirme, y a la vez, en la manera de evitar que me reconociera en mi estado. Sí, porque ahora lejos de ser aquél banquero prudente, sabio y respetado, sólo se miraba la facha de un vago ser abultado, con el vientre hinchado por el alcohol y el mal comer, esfumado de todo proyecto, de toda ambición; ahora, lejos siquiera de representar a la insipiente clase mediera del pequeño burgués progresista, no. Nada de eso quedaba ya, sólo el bigote ralo ahora acompañado de larga barba y mi cabellera negra.
Había que encontrar una manera de acercarme, de acecharle con el anzuelo, ya que, después de todo, ella también parecía haberse visto invadida por la carencia; y ahora, además, serían las circunstancias las que nos unían, y sólo ellas las que nos separarían —como ya lo habían hecho una vez—.
Vástago erudito: esa era la apreciación personal de mí mismo. Y la de un pobre teporocho que sólo el viento nuevo de su fuente espera beber a diario, sólo el saberme vivo me reconforta y me amarga, sólo el despertar al día siguiente (fuese el que fuese), me hace percatarme de mi existencia; abrir mis ojos y al azar tocar el suelo, la tierra y el viento; rozar mis ampollados y calludos pies con el asfalto o con cualquier pasto, ¿qué más da?
Pero ese día, como una carcajada del destino, toparon mis ojos con el marco final y único de mi verdadera vida, con esas piezas que nunca terminaron de embonar bien en mi rompecabezas, y que sin embargo, fueron básicas para su plataforma, evidentemente, hoy, destruida. Como evidentes se mostraron mis venas saltando al compás de sus pasos, y más pasos, y las venas mascullaban: “Catalina, ven, Catalina, soy yo, tu amor; Catalina, retrocede; Catalina al fin y siempre lejana Catalina...” “¡Diablos”, y mi opresión se desdibujaba entre las gentes que caminaban apresuradas como hormiguitas, mis deseos se escurrían ahora entre los dedos, y ella siempre lejos, y yo tratando de alcanzarla....se va... ineluctablemente como vagones que lleva el tren. Mi desesperación aumentaba al ritmo de su caminar, ya no era momento de pensar en el perfecto abordamiento, ni de pensar en tontas excusas; debía presentarme tal cual, sin aclaraciones previsoras, sin más que mis deseos por hablar con la que algún día fue el eje de mi planeta... más tacones, más jadeos por mi parte, por mi constante lucha por alcanzarla; y el mundo grande y lleno de sentido, que minutos atrás se presentaba sin escrúpulos, (sólo con la tentativa idea de recomenzar el hilo de la vida) hoy se esfumaba entre las cabezas, entre las voces, entre los ruidos, entre la gente....¡Catalina! mi sol, Catalina mi grito interior... nada.
En mis intentos fallidos por alcanzarla, el maldito tiempo-espacio se reía y desaparecía de su escenografía el elemento esencial. Catalina y sus piernas delineadas no se vislumbraban más, su rica espalda se desdibujaba de entre los demás cuerpos, sus gloriosos glúteos se desvanecían entre imágenes de ropas, faldas, zapatos de plataforma, manos secas, rostros sin vida...como sin vida volví a estar.
Catalina había desaparecido ya entre las siluetas. Entonces pensé que tal vez deberían pasar otros quince, veinte años más para encontrarla, ¿para qué? quince, veinte...y nunca nada más; la perdí de vista, de mi alcance, de mi vida.
Fue entonces también, cuando me di cuenta de que en mi torpe idea de captarla, de seguir su apretado paso y no pederla, no había logrado moverme más de cinco centímetros de mi espacio, y que mis rugosas piernas no dieron el ancho en la situación, que mis impulsos estaban en condiciones mortecinas, que mi aletargado cuerpo continuaba postrado en la banca de la plaza, que mis manos continuaban jugueteando con el lodo —aunque algo furiosas ahora, trataban de pelear con él—, que mi entumecida columna me había denegado el acceso a la felicidad, al encuentro.
Ya no había más esperanzas, y, acabado, ocurrió lo que nunca... lo que ni en dos décadas de soledades, decepciones y declives había sucedido: tres gotas saladas, y despiertas, rodaban por mis facciones, y descendían hasta el lodo, humedeciéndolo a fondo, y sin mayor esmero.
Ahora sí reconocía, que el descenso se había acabado por el simple hecho de que no se puede caer más... más sin ella; sin mí, y mi revolucionario cuerpo que apetecido una vez, satisfizo hasta los más grandes caprichos...hasta las más fuertes voluntades...Ahora, se reía de mis lerdos esfuerzos por alzar mis masas...por tratar de no caer en lo más ruin que existe: el desprecio de mí mismo y la realidad hostil de una vida acabada por el alcohol, la decadencia y sumida ahora en la lástima de las limosnas.

COMIDAS GARÄPIÑADAS

Sandra Romandía

DIA 1°

Deberías comenzar con el final de esta historia, pero en realidad preferirías olvidarlo y adentrarte en frivolidades cotidianas. En esos detalles mínimos de los que nadie se percata realmente cuando suceden y sin querer, son de los que más se recuerdan cuando todo este embrollo termina… cuando las nubes se difuminan para pintar el cielo voraz de la angustia.
Admites que no es precisamente la comida japonesa tú preferida, sin embargo, era tarde y debías pensar el algo rápido que no fuera carne porque el colesterol y triglicéridos ya estaban un poco arriba. ¿Sushi? ¿Perdón? Parecía buena opción.
Saliendo de la oficina después de una mañana llena de reclamos y enfados laborales aunados a tu enfado personal, hacía hambre en tu estómago. Ese estómago escondido en una barriguita ya medio bien hecha, bien moldeada después de 44 años y las inversiones de dotaciones de grasas y carbohidratos complejos que le habías retacado. Aunque claro, debes admitir que ser el gerente de una empresa computacional tan reconocida en la ciudad te hacía ver más atractivo que si en realidad fueras un vendedor de fresas de ‘a 25 pesos’ en los cruceros.
Un restaurante de comida japonesa como cualquiera, en Reforma, no te daba para pensar en algo más trascendental que un buen lleno de barriga.
— ¿Qué le sirvo de tomar?
— Dame de una vez un té helado y uno de esos rollitos con el queso arriba por favor y adentro camarón y todo lo demás. Lo típico.
No pasó ni medio segundo para que tus manos se volvieran los de un viejo tembleque ¿recuerdas?, y tu corbata se sintiera más apretada… era ella, ella-ella-ella… sin más precedentes que el simple afán de haber acudido al restaurante a saciar tus necesidades…
Una mesera de estatura media, ojos cafés, tono de piel bronceado, piernas rellenas bien formadas, sonrisa inquietante pero sobre todo mirada de rayo… has de decir así: de rayo. Cara redonda, pecas casi transparentes, cabello hasta los hombros y un caminar como si disfrutara de esos tacones que hacían ruido por todo el lugar. No podías pedir más.

DIA 5°
La ciudad era un horno y en miércoles poca de diversión se podía esperar por la tarde. Echado en tu recámara, solo y pensando cómo fuiste a quedar en esa condición tras dos años de matrimonio fallido y su consecuente divorcio, comenzaste la búsqueda de respuestas a ese presente siempre arrogante, serio, poco familiar y nada esperanzador que te abrazaba.
Una casa grande, dos litros de nieve en el congelador, muebles de moda y un desastre de ropa por tu cuarto, te provocaron náuseas. Sólo pudiste encontrar como entretenimiento recordar a ‘Angelina’, la joven del restaurante que bautizaste con ese nombre por parecerse a un ángel, pero dado tu escepticismo preferiste minimizarle un poco el cargo.
La has llamado “Angelina”, sonrisa dorada, ojos limpios, caminar coqueto y piernas dignas de cualquier atribución positiva.
En tu soledad, tu cuerpo se estremeció de recordarla y sobre todo, y sin querer, creció la euforia hasta manifestarse en el centro físico de tu ser… tuviste que darle un final.
Después del juego merecido de tu soledad, huiste al restaurante de nuevo. Quizá eras un perdedor, quizá sólo un jugador, apostador a lo nuevo.

DIA 8°
Demonios, fue terrible saber que los miércoles cierran el sushi y saber que tu enajenada alma “Angelina” estuviese por ahí caminando por la ciudad sin conocer dónde exactamente encontrar su piernas rellenas.
Pero en viernes no puede fallar. Así como tampoco lo puede hacer tu estrategia de conquista y salvación.
De nuevo la misma mesa, la misma hora. Se acerca Angelina cálida, despierta y reluciente, como siempre joven. No terminabas de calcularle alrededor de 27 años cuando un compañero suyo te lo confirmó.
Esta tarde te fue mejor en las aventuras de la marea rosa que sin querer navegaban en ti. Supiste que Angelina ya no era Angelina sino ‘María de los Silvestres’. Un nombre poco común, pero en fin. Este día fue un buen inicio: nombre y edad.
Pero eso no es todo, cuando pediste la cuenta pudiste intercambiar un poco de gesticulaciones y hasta bromear.
DIA 16°
No sabes si has hecho mal pero averigaste sus generales. Aparte del nombre y edad que fue un gran avance, localizaste su domicilio y así supiste de una vez por todas el estado civil de María de los Silvestres.
Sonrisa angelical para una situación inmejorable: soltera y sin chamacos.
Entre las horas perdidas de tu tiempo de soledades volviste a su trabajo con la firme intención de conversar y quizá sacar una cita, no con fecha, te conformaría un ‘quizá’.
Platicando, después de pedir la cuenta, coincidieron en un par de frases y te soltaste a reír. Tu cuerpo entero parecía el de un quinceañero con el temor en los calzones y el mal de parkinson en las manos.
Saliste con la frente en alto: María de los Silvestres fue tuya aunque sea por unos minutos… Pudiste sentirlo en su boca sonriente, en sus senos firmes, las manos inquietas, ojos reveladores y gestos desinhibidos. Su entera complejidad contrastó con la simpleza de tus palabras, movimientos y seguridad. Las arrugas en tus manos te recordaron que ya no eras un jovencito que pudiera ‘flirtear con quien sea, sino un hombre con la vida hecha nudos y la panza llena. Sin embargo, gozaste la situación.

DIA 21°
Los días pasan y María de los Silvestres y tú ahora tienen una mejor relación en perfectos indicios: se sonríen, platican mejor del menú y sueltan una carcajada cuando ella y tú hacen una broma durante la hora de pedir la cuenta o dejar la propina.
Ahora tienes la estrategia. Ahora sabes que es lo que sigue sin miedo de toparte con la enorme pared de los años y la dificultad de entrelazarte en su vida entre tejidos rotos de tu carrera personal y las infortalezas de tus debilidades.
Todo está listo y ya has medido tu colchón: es perfecto para ti y ella. Así como perfecta la cocina y los utensilios. Ayer por la tarde, cuando fuiste a Wal Mart, compraste unas vajillas que estás seguro le encantarán y también unos cubiertos que dicen duran toda la vida… que les durarán toda la vida.
Al tremendo “Fonseca”, tu perro, también le hablaste de la presencia que tendrá María en la casa y cómo deberá atenderla. Las sillas del comedor, que nunca has usado, mueren por sentir sus posaderas firmes y la ternura de sus manos al sentarse. Tu cabello también fue entrenado y después de darle un baño con Folicure se preparó para la lucha y guerra entre ambos; para la gloria dentro de la rutina, y el amor en las sábanas rotas de tu alcoba. Desde ahora todo está listo, el optimismo camina a pasos agigantados asegurándote la victoria.

DIA 23°
Mucho trabajo hoy; esperarás mañana iniciar el plan definitivo.
A decir verdad, estás inquieto.

DIA 25°
La oficina es un desastre y atenta con romper tus planes y estrategias de salvar tu vida personal y refugiarte para siempre en “Angelina”. Mañana o pasado mañana sin falta irás al ataque.

DIA 28°
Esperaste ansioso este día. Un jueves como cualquiera pero el día predestinado para cambiar el futuro. Para rellenar los vacíos y soledades por la luz palpitante de María que se acercaría a tu mesa coqueteándote, moviendo las redondas caderas con ritmo.
En realidad no era tanto el antojo de sushi pero sí de sentir ese aroma a armonía y frescura en los movimientos de María. Perderte en su cicatriz en la oreja y la ternura de sus manos inquietas que siempre trataban de servir la mesa de la mejor manera.
Tardaste en encontrar estacionamiento y al bajarte del carro se te cayeron las llaves: intuiste era el nerviosismo. Antes de entrar observaste el moño negro en la puerta y deduciste, como en todos lados, dolencia por la muerte del Santo Padre.
Las sillas rojas de las mesas esperaron por tu presencia hasta llegar al área esperada, a la de siempre.
No hace falta describir tu extrañeza cuando en vez de María te atiende una joven robusta, de frente amplia, tez clara y facciones gruesas.
— ¿Le ofrezco algo?
— Sí, ofrézcame a María de los Silvestres. ¿Dónde está ella?
Poco tardaste en reparar que su gesticulación no describía nada grato y su discurso menos aún. No fuiste precisamente un cliente extrañado ni un amigo espantado.
El ardor de las palabras de la mesera robusta te hicieron una tajada en el esófago que aún no puedes describir, al igual que el ‘brinca brinca’ en miniatura que se creó en tus manos y piernas después de escuchar su versión, lógica pero increíble.
Una cuchara ansiosa golpeó con el plato sin servir y tus ojos buscaron el lugar más insignificante del restaurante para clavar la mirada en cualquier recoveco y así no pensar. O pensar y pensar de más.
La cara de angustia de la mesera te hizo verla como un espejo de tu propio ser acabado y deforme por los años que no terminaba de asimilar la información.
“Ella lo sabía, dijo, pero nunca pensó que tan rápido y nunca nos dijo nada”, fue lo que explicó la robusta para dejarte hundir en la silla y en la tortura de tus ánimos.
No habría más María, no medirías más tu colchón ni desearías más su risa. María simplemente, pasó del ayer al hoy a ser parte de las infinitas historias que nunca se podrán contar por suceder detrás de la cortina de lo humano y lo terrenal. Eso era todo: resumido y sencillo, fácil de pronunciar por la robusta: “así es el cáncer, se lleva todo en sólo una semana”.
Fue entonces cuando caíste en la cuenta de que tus esperanzas se habían convertido en el chicle más pisado de la calle; que tus planes y deseos pasaron a un segundo mundo donde el pensar y sentir es parte de un todo que nunca podrás conocer en realidad.
Fue de pronto cuando sentiste cómo tus cachetes se doblaban como un niño para dibujar un puchero mermado de angustia, frustración, histeria y la bandera de inicio del llanto. Tus manos maduras, que vieron ya cuarenta y cuartro veranos, se doblaron en el impacto y las calladas horas de tus soledades rieron de tu situación.
El rollo de sushi comenzó a humedecerse con tu sal y el té se teñía de fracaso congelado en cubitos.
Al llegar a tu casa tocaste las sábanas duras de ansiedad y tu cuerpo roído por los años entre las estrías de la sabiduría marcadas en tus brazos. Tomaste la leche y la serviste en un plato... el cereal naufragaba en el líquido y tus pensamientos también… ¿Qué hay por esperar? ¿Qué hay por vivir?... Un cielo coloreado de incongruencias y una vida llena de vacío y vacía de lleno. Despepitaste el corazón y caiste en una ducha caliente… al fin y al cabo podrías ir al nuevo restaurante de la otra cuadra, alguien más te rescatará… de todos modos la comida japonesa no era ni tan buena, y además es cara.

martes, abril 26, 2005

lunes, abril 25, 2005

Como quien va a Flagstaff y Gran Canyon








El camino parece sencillo. Salir del Phoenix: tomar el Flagstaff Freway. Ir derecho. Cantar una canción reggetonera y estúpida de moda. Seguir por horas hasta que acabe el camino: Welcome to Flagstaff. Ahí estaban todos los demás.

Dos carros. Lluvia abundante. Las gotas se ponen de acuerdo para ir a contracorriente. Viento. Frío. Altura. Una carretera amexicanizada: llena de baches, señales borrosas, y un solo sentido.

Un letrero: cuidado con los renos. Nosotros reímos: estamos acostumbrados a ver “cuidado con las vacas”. Subimos más. Yo rezo, ¿por qué no? Nos estamos salvando, no se ve nada, el auto se resbala. El de enfrente también. Carretera borrosa, lluvia de danza, nubes a nuestra altura. Llegar al Gran Canyon parece ser un regalo a tanto riesgo. Yo lo quiero.

Llegamos, no hace tanto frío como en Flagstaff. Es hermoso. Es increíble. Es raro. Es inhumano. Es un paisaje extraordinario. Tomo fotos, todos tomamos.

Comemos carne carísima en un restaurante turístico. Extraño mi casa. Tengo un mes fuera de ella. Extraño mi país.

Regreso. Mi hermano siente ganas de ir al baño. Va a un Mc Donals: cerrado. A un KFC: baño con llave. No importa, ahí de una vez. Ya vaciado, vamos de vuelta por la carretera de Freeway a encontrar de nuevo los mounstros de puentes y luces citadinas phoenixezcas.