Sandra Romandía
DIA 1°
Deberías comenzar con el final de esta historia, pero en realidad preferirías olvidarlo y adentrarte en frivolidades cotidianas. En esos detalles mínimos de los que nadie se percata realmente cuando suceden y sin querer, son de los que más se recuerdan cuando todo este embrollo termina… cuando las nubes se difuminan para pintar el cielo voraz de la angustia.
Admites que no es precisamente la comida japonesa tú preferida, sin embargo, era tarde y debías pensar el algo rápido que no fuera carne porque el colesterol y triglicéridos ya estaban un poco arriba. ¿Sushi? ¿Perdón? Parecía buena opción.
Saliendo de la oficina después de una mañana llena de reclamos y enfados laborales aunados a tu enfado personal, hacía hambre en tu estómago. Ese estómago escondido en una barriguita ya medio bien hecha, bien moldeada después de 44 años y las inversiones de dotaciones de grasas y carbohidratos complejos que le habías retacado. Aunque claro, debes admitir que ser el gerente de una empresa computacional tan reconocida en la ciudad te hacía ver más atractivo que si en realidad fueras un vendedor de fresas de ‘a 25 pesos’ en los cruceros.
Un restaurante de comida japonesa como cualquiera, en Reforma, no te daba para pensar en algo más trascendental que un buen lleno de barriga.
— ¿Qué le sirvo de tomar?
— Dame de una vez un té helado y uno de esos rollitos con el queso arriba por favor y adentro camarón y todo lo demás. Lo típico.
No pasó ni medio segundo para que tus manos se volvieran los de un viejo tembleque ¿recuerdas?, y tu corbata se sintiera más apretada… era ella, ella-ella-ella… sin más precedentes que el simple afán de haber acudido al restaurante a saciar tus necesidades…
Una mesera de estatura media, ojos cafés, tono de piel bronceado, piernas rellenas bien formadas, sonrisa inquietante pero sobre todo mirada de rayo… has de decir así: de rayo. Cara redonda, pecas casi transparentes, cabello hasta los hombros y un caminar como si disfrutara de esos tacones que hacían ruido por todo el lugar. No podías pedir más.
DIA 5°
La ciudad era un horno y en miércoles poca de diversión se podía esperar por la tarde. Echado en tu recámara, solo y pensando cómo fuiste a quedar en esa condición tras dos años de matrimonio fallido y su consecuente divorcio, comenzaste la búsqueda de respuestas a ese presente siempre arrogante, serio, poco familiar y nada esperanzador que te abrazaba.
Una casa grande, dos litros de nieve en el congelador, muebles de moda y un desastre de ropa por tu cuarto, te provocaron náuseas. Sólo pudiste encontrar como entretenimiento recordar a ‘Angelina’, la joven del restaurante que bautizaste con ese nombre por parecerse a un ángel, pero dado tu escepticismo preferiste minimizarle un poco el cargo.
La has llamado “Angelina”, sonrisa dorada, ojos limpios, caminar coqueto y piernas dignas de cualquier atribución positiva.
En tu soledad, tu cuerpo se estremeció de recordarla y sobre todo, y sin querer, creció la euforia hasta manifestarse en el centro físico de tu ser… tuviste que darle un final.
Después del juego merecido de tu soledad, huiste al restaurante de nuevo. Quizá eras un perdedor, quizá sólo un jugador, apostador a lo nuevo.
DIA 8°
Demonios, fue terrible saber que los miércoles cierran el sushi y saber que tu enajenada alma “Angelina” estuviese por ahí caminando por la ciudad sin conocer dónde exactamente encontrar su piernas rellenas.
Pero en viernes no puede fallar. Así como tampoco lo puede hacer tu estrategia de conquista y salvación.
De nuevo la misma mesa, la misma hora. Se acerca Angelina cálida, despierta y reluciente, como siempre joven. No terminabas de calcularle alrededor de 27 años cuando un compañero suyo te lo confirmó.
Esta tarde te fue mejor en las aventuras de la marea rosa que sin querer navegaban en ti. Supiste que Angelina ya no era Angelina sino ‘María de los Silvestres’. Un nombre poco común, pero en fin. Este día fue un buen inicio: nombre y edad.
Pero eso no es todo, cuando pediste la cuenta pudiste intercambiar un poco de gesticulaciones y hasta bromear.
DIA 16°
No sabes si has hecho mal pero averigaste sus generales. Aparte del nombre y edad que fue un gran avance, localizaste su domicilio y así supiste de una vez por todas el estado civil de María de los Silvestres.
Sonrisa angelical para una situación inmejorable: soltera y sin chamacos.
Entre las horas perdidas de tu tiempo de soledades volviste a su trabajo con la firme intención de conversar y quizá sacar una cita, no con fecha, te conformaría un ‘quizá’.
Platicando, después de pedir la cuenta, coincidieron en un par de frases y te soltaste a reír. Tu cuerpo entero parecía el de un quinceañero con el temor en los calzones y el mal de parkinson en las manos.
Saliste con la frente en alto: María de los Silvestres fue tuya aunque sea por unos minutos… Pudiste sentirlo en su boca sonriente, en sus senos firmes, las manos inquietas, ojos reveladores y gestos desinhibidos. Su entera complejidad contrastó con la simpleza de tus palabras, movimientos y seguridad. Las arrugas en tus manos te recordaron que ya no eras un jovencito que pudiera ‘flirtear con quien sea, sino un hombre con la vida hecha nudos y la panza llena. Sin embargo, gozaste la situación.
DIA 21°
Los días pasan y María de los Silvestres y tú ahora tienen una mejor relación en perfectos indicios: se sonríen, platican mejor del menú y sueltan una carcajada cuando ella y tú hacen una broma durante la hora de pedir la cuenta o dejar la propina.
Ahora tienes la estrategia. Ahora sabes que es lo que sigue sin miedo de toparte con la enorme pared de los años y la dificultad de entrelazarte en su vida entre tejidos rotos de tu carrera personal y las infortalezas de tus debilidades.
Todo está listo y ya has medido tu colchón: es perfecto para ti y ella. Así como perfecta la cocina y los utensilios. Ayer por la tarde, cuando fuiste a Wal Mart, compraste unas vajillas que estás seguro le encantarán y también unos cubiertos que dicen duran toda la vida… que les durarán toda la vida.
Al tremendo “Fonseca”, tu perro, también le hablaste de la presencia que tendrá María en la casa y cómo deberá atenderla. Las sillas del comedor, que nunca has usado, mueren por sentir sus posaderas firmes y la ternura de sus manos al sentarse. Tu cabello también fue entrenado y después de darle un baño con Folicure se preparó para la lucha y guerra entre ambos; para la gloria dentro de la rutina, y el amor en las sábanas rotas de tu alcoba. Desde ahora todo está listo, el optimismo camina a pasos agigantados asegurándote la victoria.
DIA 23°
Mucho trabajo hoy; esperarás mañana iniciar el plan definitivo.
A decir verdad, estás inquieto.
DIA 25°
La oficina es un desastre y atenta con romper tus planes y estrategias de salvar tu vida personal y refugiarte para siempre en “Angelina”. Mañana o pasado mañana sin falta irás al ataque.
DIA 28°
Esperaste ansioso este día. Un jueves como cualquiera pero el día predestinado para cambiar el futuro. Para rellenar los vacíos y soledades por la luz palpitante de María que se acercaría a tu mesa coqueteándote, moviendo las redondas caderas con ritmo.
En realidad no era tanto el antojo de sushi pero sí de sentir ese aroma a armonía y frescura en los movimientos de María. Perderte en su cicatriz en la oreja y la ternura de sus manos inquietas que siempre trataban de servir la mesa de la mejor manera.
Tardaste en encontrar estacionamiento y al bajarte del carro se te cayeron las llaves: intuiste era el nerviosismo. Antes de entrar observaste el moño negro en la puerta y deduciste, como en todos lados, dolencia por la muerte del Santo Padre.
Las sillas rojas de las mesas esperaron por tu presencia hasta llegar al área esperada, a la de siempre.
No hace falta describir tu extrañeza cuando en vez de María te atiende una joven robusta, de frente amplia, tez clara y facciones gruesas.
— ¿Le ofrezco algo?
— Sí, ofrézcame a María de los Silvestres. ¿Dónde está ella?
Poco tardaste en reparar que su gesticulación no describía nada grato y su discurso menos aún. No fuiste precisamente un cliente extrañado ni un amigo espantado.
El ardor de las palabras de la mesera robusta te hicieron una tajada en el esófago que aún no puedes describir, al igual que el ‘brinca brinca’ en miniatura que se creó en tus manos y piernas después de escuchar su versión, lógica pero increíble.
Una cuchara ansiosa golpeó con el plato sin servir y tus ojos buscaron el lugar más insignificante del restaurante para clavar la mirada en cualquier recoveco y así no pensar. O pensar y pensar de más.
La cara de angustia de la mesera te hizo verla como un espejo de tu propio ser acabado y deforme por los años que no terminaba de asimilar la información.
“Ella lo sabía, dijo, pero nunca pensó que tan rápido y nunca nos dijo nada”, fue lo que explicó la robusta para dejarte hundir en la silla y en la tortura de tus ánimos.
No habría más María, no medirías más tu colchón ni desearías más su risa. María simplemente, pasó del ayer al hoy a ser parte de las infinitas historias que nunca se podrán contar por suceder detrás de la cortina de lo humano y lo terrenal. Eso era todo: resumido y sencillo, fácil de pronunciar por la robusta: “así es el cáncer, se lleva todo en sólo una semana”.
Fue entonces cuando caíste en la cuenta de que tus esperanzas se habían convertido en el chicle más pisado de la calle; que tus planes y deseos pasaron a un segundo mundo donde el pensar y sentir es parte de un todo que nunca podrás conocer en realidad.
Fue de pronto cuando sentiste cómo tus cachetes se doblaban como un niño para dibujar un puchero mermado de angustia, frustración, histeria y la bandera de inicio del llanto. Tus manos maduras, que vieron ya cuarenta y cuartro veranos, se doblaron en el impacto y las calladas horas de tus soledades rieron de tu situación.
El rollo de sushi comenzó a humedecerse con tu sal y el té se teñía de fracaso congelado en cubitos.
Al llegar a tu casa tocaste las sábanas duras de ansiedad y tu cuerpo roído por los años entre las estrías de la sabiduría marcadas en tus brazos. Tomaste la leche y la serviste en un plato... el cereal naufragaba en el líquido y tus pensamientos también… ¿Qué hay por esperar? ¿Qué hay por vivir?... Un cielo coloreado de incongruencias y una vida llena de vacío y vacía de lleno. Despepitaste el corazón y caiste en una ducha caliente… al fin y al cabo podrías ir al nuevo restaurante de la otra cuadra, alguien más te rescatará… de todos modos la comida japonesa no era ni tan buena, y además es cara.