lunes, marzo 12, 2007

el tren

Ella tenía 30, él, 32. Ella vestía siempre casual. Él, informal. Ella sonreía de lejos, a todo y a todos. Él, tenía contadas sus risas.
Era de tarde pero no oscurecía. Aún había vida en la ciudad de los mounstros. Ella caminaba con calma, como si viviera en cada paso lo que los años atrás no le habían dado, o por lo menos, no había apreciado. Quería sentir entre sus horas lo que no acarició en su momento, caminando lento, con pasos firmes, observando a todos lados. Al taquero, al fayuquero, al taxista acosador de las esquinas.
Él no recordaba si quiera lo que era amar. La vida pasaba sin presunción sin pretender si quiera escoger un pedazo de pasión o de carne para envolverlo entre sentimientos. Era puro espectáculo roedor. Como cualquier ardilla del Bosque de Chapultepec. Igual que cualquier rutina de cualquier cuento, el que fuera ahí estaba él, en la parte más insignificante, en la más oscura, la menos recordada por el lector.
No cegaban las horas, es un fin de semana como cualquiera, sin tanta tanta prisa como la acostumbrada. Entre el clima cálido para la costumbre de templedad, él y ella iban sobre la línea de su propio ferrocarril vivencial-propio-historial igual. Inmovible, casi siempre paralela a cualquier sorpresa. (continuará)

Manifiesto anti-señaló-anotó-apuntó-subrayó


Sandra Romandía

¿Qué hace un reportero sosteniendo una grabadora cerca de la boca de un entrevistado al que ni siquiera mira? ¿Al que tal vez ni siquiera le conoce el nombre? Hace lo que cualquier adulto hizo también en su oscura juventud: cosas vergonzosas, aberrantes y humillantes. Sexo por diversión, o drogas por curiosidad. Embriaguez por orgullo, acordeones por ignorancia.

He aquí un manifiesto más contra lo convencional. Contra lo usual. Un desdén de aires que nadie conoce aún pero hay la intención de ventilar.

Traigo aquí la última noticia: el periodista también piensa. Mejor aún: razona: mejor aún: analiza: mejor aún: tiene voz propia.

Este es el manifiesto de un periodista más, formado en academia para ser un reportero como cualquier local; for ever y postmortem. Un redactor sin voz ni voto, sin pensamiento, sin criterio, sin las herramientas suficientes para pensar que puede mostrar una realidad no sólo reproduciendo palabras ajenas y copiando y pegando documentos sin emitir una conclusión.

Aquí habla un periodista más de la generación de la Edad Media del gremio sonorense que invirtió más de 160 mil pesos en la formación de alguien sin lengua y sin ojos. Como si la ética no pudiera enseñarse también para usar la razón responsablemente.

Manifiesto entonces anti-señaló-anotó--apuntó-subrayó. En contra de seguir reproduciendo voces de funcionarios trajeados, madres solteras miserables, organizaciones con cara de santos y con un manejador por detrás. En contra de lo conservador y en busca de lo innovador, o al menos de parear con lo ya probado en otras tierras internacionales con singular éxito.

Ser precursor entonces del periodista analítico cuya capacidad de raciocinio coincida con su talento para resumir, investigar, estudiar casos, intuir, acertar y sobre todo CONTAR historias. Ser un periodista que no tiene que esperar 30 años de reporteo callejero con una grabadora que guarda palabras de una boca para salir entrecomilladas impresas en un diario con las banderas del “anotó, aseguró, comentó”, y entonces, después de tantos años de experiencia, ganar una licencia invisible que de permiso de escribir alguna columnilla.

CONTINUARÁ…