
Después de mi escala de unos días en la Ciudad de México, llegó la hora de partir a Buenos Aires. La cita en el aeropuerto internacional Benito Juárez dictaba imperante las 4 de la mañana, pero yo tengo la habilidad de perder aviones que salen de madrugada porque no me puedo despertar, así que opté por otra opción: no dormir.
Una noche de desvelo, copas, ensaladas del Non Solo, Sol con vino, y Pacífico del Jacalito… singularidades así hicieron que no durmiera y me fuera así de feliz al aeropuerto. Estaba lloviendo, se mojaron un poco las maletas y no me importó. Abordé el avión a las 6:40 a.m. en estado de ebriedad aún. No recuerdo cómo elegí mi asiento ni cómo fue que caí en un sueño tan profundo como el vacío que aguardaba debajo del avión.
Fueron 13 horas de vuelo, interrumpidas por la escala en Lima.
13 horas de vuelo partidas, en dos etapas: la de la embriaguez y la resaca. No sé cuál fue peor.
Al llegar al aeropuerto de Buenos Aires era de noche ya. No tenía la menor idea de mi destino, de dónde iba a dormir, de cuánto era un peso argentino. Creía que tenía una idea pero al momento de sacar dinero del cajero todo se me trasfiguró, todo era confuso. Costos en pesos argentinos, precios en dólares… en todo menos en algo similar a mexicano. Fue sólo el inicio de la confusión, así como pedir un remís o un taxi, no sabía cuál era la diferencia. Hablar de un locutorio o de una cabina. Todo era horrendamente tan distinto a lo que conocía que sólo opté por sentarme en un pasillo con maletas en mano y respirar por varios minutos hasta que pasara ese temblor de estrés. Nada tan sencillo como superarlo con un poco de concentración. Todo pasó a un final feliz.
*FOTO sobrevolando el área de Chile entre el océano y antes de la cordillera
El periodismo no termina. La ansiedad tampoco.
Tenía un trabajo en el que me pagban más que el promedio y me importa poco.
Había ciertas libertades aún dentro de la rutina que, como trabajadora de la casa editorial, se me permitía gozar. No es relevante.
Después de pasar seis meses en capacitación constante, regresar y laborar tres más en un nuevo periódico me dejó un sabor algo raro: quiero seguir aprendiendo y además, enseñar algo. Por ahora no hago ninguna de las dos cosas.
Así que, tomo mi maleta, mis ahorros, mis ganas y renuncio.
- No tienes que renunciar. ¿Quieres regresar? ¿Te interesaría? Te esperamos –me dice Juan Carlos, mi jefe.
- Creo que es mucho pedir. Es egoísta pretender que me esperen más de tres meses.
- Si no te los vamos a pagar, eso sería distinto. Tu ve y viaja, cuando vuelvas me avisas. Es más, pon fecha.
- Estamos en agosto… vuelvo los primeros de diciembre. ¿Está bien?
- Oquei. Es un hecho. Mucha suerte.
Así me despedí de EXPRESO. El periódico que me acogió después que me quedé sin medio de comunicación durante la beca PRENDE.
Cuando llegué a mi casa, el día de mi renuncia, también había cierta sorpresa.
- Ya renuncié, aunque no me dejaron. Me dijeron que podía volver –le dije a mi papá.
- Ah menos mal. Ya me había preocupado de qué ibas a hacer cuando regresaras de tu viaje ese, de loca tú, que andas preparando. Y luego ¡sola! Estás loca en serio mi’jita. Hay muchos peligros, no conoces a nadie.
- Pero no soy tonta. No pasa nada. Ahora es el momento.
- Tienes 23 años mi’jita. Me da pendiente, pero allá tú. Siempre terminas haciendo lo que se te antoja –continuó el “Memo”, con su tono regañón. Después de eso se rió y me dijo que seguro me iría bien. Hizo un cierto gesto de complicidad y nos abrazamos.
El boleto con destino a Buenos Aires estaba comprado. También estaba la comunicación para los cursos de periodismo. Lo que no tenía era quién me recibiera en el aeropuerto, quién me guiara, a dónde llegar ni cómo llegar. Ya se resolvería después.