miércoles, septiembre 26, 2007

Doro




Antes de decir cualquier cosa, sonríe. Antes de llegar, ya estaba sonriendo. Es Dorotea, Dorothy, Doro, según en el país en que esté.
Mi encuentro con su vida fue casual, una tarde helada de Buenos Aires.
Doro es especial; aparte de hablar perfecto español a pesar de ser Alemana, tiene la cualidad de haber recorrido el 60% del globo terráqueo.
Cuando la conocí ya era el fin de su viaje. A sus 24 años se dedicó por casi un año a conocer el mundo entero acompañada sólo por su mochila.
Tiene la mirada inerme, como incapaz de salir de casa. Pero su sonrisa y carácter demuestran un andar gastado, cansado y disfrutado. “Ya me cansé hace poco. Ya debo volver a mi casa, debo mucha plata, ya debo volver; será esta semana más y ya ¡juro que esta vez sí!”.
No tenía planeado recorrer Sudamérica, pero circunstancialmente lo hizo. Pasó ya por Nueva Zelanda, China, Japón, casi toda Europa, Marruecos, y finalmente Centro y Sudamérica.
Ahora está feliz por encontrarse en el punto más allegado al Polo Sur de todo el Planeta Tierra. Doro sonríe a la cámara sin reparar en que se acabó la pila y falló el flash.
Doro respira hoy en donde es de día, hace frío y todo es al revés. En una semana más, estará en todo lo contrario a la misma hora.

miércoles, septiembre 19, 2007

Noche interminable pensando en sexo

Con esta tos que me cargo busco cualquier cosa para dormir y olvidarme de ella. Aunque ya va de salida, dicen y digo yo.
Con dos jarabes del DR. Simi (porque hasta acá viene a recalar Victor González Torres)logré rendirme a eso de las 10 de la noche, después de ver el documental de Monólogos de la Vagina, inconcluso. Pero mi sorpresa fue aterradora al despertarme y ver que el reloj dicta las 2 de la mañana. De ahí no me he podido volver a dormir.
Y traigo esto a colación porque al abrir el ojo pensé en algo de lo que no pude olvidarme fácilmente: sexo.
Sí. Recorde la plática cibernética con mi amiguísima Karla Moreno quien me dijo... "se acerca el jueves, te das cuenta?" a lo que yo estúpidamente contesté "¿el cumpleaños de la flaca?"... "Nooo, ese ya pasó desde el viernes... el jueves tengo cita con el ginecólogo para que me diga el sexo de la Cachorra", osea de su bebé en puerta.
Y hoy esta madrugada es jueves ya. Un aparato de ultrasonido develará mágicamente (si se le quita lo penosa a Cachorra) el sexo de ese ser que viene; hará cambiar rumbos, nombres, colores de ropa, de cuarto, de artículos al referirnos a él o la bebé...
No he podido dejar de pensar en eso, en el sexo de la Cachorra. Camino, deambulo por el depto, hago una sopa, tomo mate, tomo un té.. y sigo pensando en la Cachorra.
¿Será posible que no duerma hasta saber los resultados de esa cita ginecològica?
Hace frío aquí... y tos, más estando acostada... hace frío
Karla... ¿estarás campantemente dormida sobre tu lecho cálido, a 30 mil kilómetros de distancia?


*FOTO 1, cachorra
*FOTO 2, Karla, Ivone Andrade y yo



martes, septiembre 18, 2007

El arte de succionar la saliva de tu boca

Un frío del demonio como hacía en los últimos días del invierno en Buenos Aires. Como hacia años que no hacía, decían los mismos porteños. Hacía, hacía. Y yo iba hacia buscar la dirección de mi escuela de periodismo dichosa, motivo que me trajo aquí.
Antes de llegar a la esquina de Ayacucho y M. A. Taviera caminaba tranquila cuando un hombre me miró, un hombre de edad avanzada. Como cuando uno no se siente en su tierra cree que debe ser simpático, le sonreí amablemente y seguí de largo. Al llegar a la esquina me sentí de pronto perdida, y saqué el mapa entre mi bolso. Al extenderlo apareció tras de mí el señor al que asequiblemente le regalé la sonrisa anterior.
- Veo que necesita ayuda - dijo ahora él sonriendo incansablemente.
- Sí, le contesté. Busco la calle Paraná.
- ¿Paraná al qué?
- Al mil novecientos y algo, no recuerdo bien le dije.
- Mirá, ven a tomarte un café y explico.
Lo primero que recordé fue aquel anuncio de “mucho ojo” de mis años de niñez en el que figuraba Chabelo. Aún así seguí caminando y nos sentamos en una cafetería que tenía las bancas por fuera, en la calle.
- Me gustó tu sonrisa- me dijo, y yo no paraba de sonreír, pero esta vez no por amabilidad, sino por nervios y confusión.
- ¿De dónde sos?
- De México, dije. Y conté un poco sobre mi historia.
Después no sé como ni en qué momento pero el señor, al que ahora identifico como Aldo, comenzó a hablarme de su negocio. Se dedicaba a la singular profesión de vender aparatos para succionar la saliva cuando uno va a una consulta con el dentista. Tecnología odontológica.
Orgulloso, como si fuera un arte, comenzó a enseñarme folletos; después fue hasta su auto y me trajo un aparato para que yo misma lo conociera en persona. No me quedó de otra que hacer un gesto de emoción y sorpresa, como si un aparato succionador de saliva fuera lo mejor que me pudiesen mostrar ese día.
Me contó que no había sudo un día bueno para él y que ver mi sonrisa le hizo sonreír.
Después de unos minutos le pedí me señalara el camino para tomar Paraná, me dio una tarjeta con su teléfono para cualquier cosa que necesitara, nos despedimos de mano, y me fui…. Esa noche soñé con el aparato para succionar saliva, soñé que compraba uno y lo pintaba en un cuadro.

vino


Tomar vino nunca fue mi hit. Ni por el sabor, ni por los efectos, ni por el color ni la tonalidad que deja en la lengua el tinto.
Sin embargo a donde fueres has lo que vieres. Todo cambió.
Ahora he cambiado una cerveza Tecate Light por un Colon o Trapiche o vinos sencillos "de la casa" pero buenos para las comidas.
En los restaurantes los tacos cambian por carnes gordas y jugosas o pastas sazonadas con arte. Las tortillas por panes pequeños o mediaslunas y las servilletas habituales por servilletones de tela comunes en Sonora sólo en los restaurantes más formales. Aquí todo es formal.
Yo busco y rebusco una taquería, un sitio arrabalero, un restaurante tipo humaredas si quiera. Un Kiosco Fina, unos tacos del Muñeco o Chino Mario. Nada de eso.
En su lugar sólo establecimientos con mesas bien decoradas, siempre con copas puestas, manteles, cubiertos, servilletones de tela. Por más barato que sea el lugar la cordialidad de los camareros y finura de los decorados inundan cada espacio.
En uno de mis lugares favoritos de parrillas, Pipo, pido siempre un churrasco de cuadril con puré de papa y un vino tinto. El total no pasa los 55 pesos mexicanos.
Como con gusto un corte fino, grueso y jugoso. Un puré abundante que casi nunca acabo. Un vino que cuesta lo equivalente a 18 pesos mexicanos, y que no es sólo una copa, sino una pequeña botella para mí sola.
El problema viene después: siempre me emborracho.
Cuando veo a las familias campantes salir gozosas, hablar de ‘boludeces’ locales y sonreír afables siento el reflejo de mi rostro casi siempre con tintes de embriaguez.
Sí. El pequeño vino me embriaga, y no puedo evitar pedirlo porque sale lo mismo que pedir una Coca Cola que además no me gusta. O una soda, que aquí es agua mineral y que tampoco es de mi total agrado.
Así que tomo vino y creo que lo tomaré hasta que pase la lección 1 argentina: no emborracharme con el acompañamiento de las comidas.

de camino al camino


Después de mi escala de unos días en la Ciudad de México, llegó la hora de partir a Buenos Aires. La cita en el aeropuerto internacional Benito Juárez dictaba imperante las 4 de la mañana, pero yo tengo la habilidad de perder aviones que salen de madrugada porque no me puedo despertar, así que opté por otra opción: no dormir.
Una noche de desvelo, copas, ensaladas del Non Solo, Sol con vino, y Pacífico del Jacalito… singularidades así hicieron que no durmiera y me fuera así de feliz al aeropuerto. Estaba lloviendo, se mojaron un poco las maletas y no me importó. Abordé el avión a las 6:40 a.m. en estado de ebriedad aún. No recuerdo cómo elegí mi asiento ni cómo fue que caí en un sueño tan profundo como el vacío que aguardaba debajo del avión.
Fueron 13 horas de vuelo, interrumpidas por la escala en Lima.
13 horas de vuelo partidas, en dos etapas: la de la embriaguez y la resaca. No sé cuál fue peor.
Al llegar al aeropuerto de Buenos Aires era de noche ya. No tenía la menor idea de mi destino, de dónde iba a dormir, de cuánto era un peso argentino. Creía que tenía una idea pero al momento de sacar dinero del cajero todo se me trasfiguró, todo era confuso. Costos en pesos argentinos, precios en dólares… en todo menos en algo similar a mexicano. Fue sólo el inicio de la confusión, así como pedir un remís o un taxi, no sabía cuál era la diferencia. Hablar de un locutorio o de una cabina. Todo era horrendamente tan distinto a lo que conocía que sólo opté por sentarme en un pasillo con maletas en mano y respirar por varios minutos hasta que pasara ese temblor de estrés. Nada tan sencillo como superarlo con un poco de concentración. Todo pasó a un final feliz.

*FOTO sobrevolando el área de Chile entre el océano y antes de la cordillera

El periodismo no termina. La ansiedad tampoco.

Tenía un trabajo en el que me pagban más que el promedio y me importa poco.

Había ciertas libertades aún dentro de la rutina que, como trabajadora de la casa editorial, se me permitía gozar. No es relevante.

Después de pasar seis meses en capacitación constante, regresar y laborar tres más en un nuevo periódico me dejó un sabor algo raro: quiero seguir aprendiendo y además, enseñar algo. Por ahora no hago ninguna de las dos cosas.

Así que, tomo mi maleta, mis ahorros, mis ganas y renuncio.

- No tienes que renunciar. ¿Quieres regresar? ¿Te interesaría? Te esperamos­ –me dice Juan Carlos, mi jefe.

- Creo que es mucho pedir. Es egoísta pretender que me esperen más de tres meses.

- Si no te los vamos a pagar, eso sería distinto. Tu ve y viaja, cuando vuelvas me avisas. Es más, pon fecha.

- Estamos en agosto… vuelvo los primeros de diciembre. ¿Está bien?

- Oquei. Es un hecho. Mucha suerte.

Así me despedí de EXPRESO. El periódico que me acogió después que me quedé sin medio de comunicación durante la beca PRENDE.

Cuando llegué a mi casa, el día de mi renuncia, también había cierta sorpresa.

- Ya renuncié, aunque no me dejaron. Me dijeron que podía volver –le dije a mi papá.

- Ah menos mal. Ya me había preocupado de qué ibas a hacer cuando regresaras de tu viaje ese, de loca tú, que andas preparando. Y luego ¡sola! Estás loca en serio mi’jita. Hay muchos peligros, no conoces a nadie.

- Pero no soy tonta. No pasa nada. Ahora es el momento.

- Tienes 23 años mi’jita. Me da pendiente, pero allá tú. Siempre terminas haciendo lo que se te antoja –continuó el “Memo”, con su tono regañón. Después de eso se rió y me dijo que seguro me iría bien. Hizo un cierto gesto de complicidad y nos abrazamos.

El boleto con destino a Buenos Aires estaba comprado. También estaba la comunicación para los cursos de periodismo. Lo que no tenía era quién me recibiera en el aeropuerto, quién me guiara, a dónde llegar ni cómo llegar. Ya se resolvería después.