
Más que amor lo que siento por ti es el mal del animal
No la terquedad del jabalí,
Ni la furia del chacal…
¡No!.. otra….
Que linda que estás, sos un caramelo, te veo en el recreo y me vuelvo loco
Todas las cosas que me gustan, tienen tu cara
Y espero a los asaltos, así juego a la botellita con vos, mi bomboncito.
Otra más tranquila.
I walked across an empty land,
I knew the pathway like the back of my hand.
I felt the earth beneath my feet,
Sat by the river and it made me complete.
¡No, no..!
Es la 1de la madrugada y esas canciones procedentes de mi laptop suenan en mi pequeña habitación bonarense. Cambio una y otra, y otra más a ver si da resultado. Tengo mucho miedo. ¿Miedo?.. Pereza, temor estar en incertidumbre. Desde temprano me opuse, dije “no una noche más de insomnio”.
Mis horarios de sueño se han entorpecido y parecen haber llegado al borde de lo absurdo. Están desquiciados, sin inercia, no ceden a lo que debería ser normal.
Son sólo cuatro horas de diferencia con respecto a Hermosillo y nada más una, sí, ¡una! con el Distrito Federal y no puedo adaptarme. Pero no creo que sea eso, soy buena para la adaptación. Cuando recién llegué sufrí una tos terrible y atribuí a mi enfermedad la dificultad para dejarme arrollar con Morfeo.
Ahora en parte culpo un poco al mate, quizá ese efecto “leve estimulante” en mí se magnifica y no me deja conciliar el sueño.
El departamento es muy frío, callado y oscuro de madrugada, lo tengo casi estudiado. Mis compañeros parecen dormir cómodamente en sus lechos porque no emiten ruido alguno y lo peor es que mi cama es más cómoda y mi cuarto, más acogedor. Aún así el sueño no llega.
Apago la música. Cierro definitivamente la laptop. Despido a la luz artificial: le digo buenas noches: me persigno: me arropo: cierro los ojos: trato de respirar profundo, como para engañarme a mí misma de que estoy a punto de caer en un profundo sueño que no puedo controlar.
Nada de eso; el engaño no dura más de dos minutos. Abro los ojos y veo la luz de alguna lámpara de afuera entrar tímida por mi ventana, sólo una ráfaga casi inexistente. Cuando me acostumbro a la oscuridad y mis pupilas se dilatan miro las fotografías que desde que llegué aquí pegué en el vidrio.
Tarareo alguna canción… ¿por qué no? Aunque me sienta ridícula, nadie me escucha: recuerdo mi infancia: saco de ella las mejores canciones que la ‘Sandra’ (mi madre) me cantaba: aunque no daban resultado porque siempre le callaba, hoy, 20 años después, tengo fe en ellas: la Muñeca fea.
Escondida por los rincones,
temerosa que alguien la vea
platicaba con los ratones…
No. Realmente me siento absurda .
Di por qué… eres viejita.
Al tiempo de estar así, me escucho ridícula y prendo de nuevo todo para darme cuenta que ya son las 3 de la mañana, el camino va de mal en peor.
¿Qué se tiene que hacer para conciliar el sueño en Buenos Aires? Es la ciudad de las incongruencias, o soy yo, la inquilina inadaptada.
Tom Wolfe otra vez me entretiene con sus escritos de periodismo canalla esta madrugada. ¿Quién le seguirá después? ¿Las aventuras de La Coquito (libro de cuentos medio eróticos atrapados en la época del feudalismo en Francia, cuyo autor es Joaquín Belda –vaya usted a saber- y me costó 2 pesos argentinos ($5.70 mex, aprox)?
Lo peor de esta sala de espera viene ahora cuando acostada con los ojos rojos e hinchados de leer a Coquito (mis lentes se trituraron en el viaje a Chile) veo que la luz de aquella lámpara anónima exterior se maximiza. Las fotografías pegadas en la ventana son más traslúcidas, entra más y más luz. ¿Acaso alguien ha encendido otra lámpara?
Veo la hora: 6:10 a.m. El sol me ganó otra vez la carrera. Perdí otra vez y me vino a encontrar recostada, con un libro en la mano y toda una ronda de canciones escuchadas una y otra vez.
Estando así, casi sin cambio alguno, dos horas más tarde decido que es hora de prepararme unos huevos fritos sólo con ají picante (porque descubro que el jamón caducó) con la pena que implica hacer tal escándalo en la cocina cuando aún hay personas dormidas.
Ahora son las 5:20 de la tarde y ni un poco de aletargamiento me acaricia. No he dormido ni un minuto. Ya tomé la ducha, salí a la feria de libros y estando ahí, cuando sentí un poco de debilidad, corrí al departamento en espera de dormir por fin, aunque ya ¿para qué? la pelea está perdida de cualquier modo.



















