domingo, octubre 21, 2007

¿Qué se debe hacer para conciliar el sueño?



Más que amor lo que siento por ti es el mal del animal
No la terquedad del jabalí,
Ni la furia del chacal…


¡No!.. otra….

Que linda que estás, sos un caramelo, te veo en el recreo y me vuelvo loco
Todas las cosas que me gustan, tienen tu cara
Y espero a los asaltos, así juego a la botellita con vos, mi bomboncito.

Otra más tranquila.

I walked across an empty land,
I knew the pathway like the back of my hand.
I felt the earth beneath my feet,
Sat by the river and it made me complete.


¡No, no..!

Es la 1de la madrugada y esas canciones procedentes de mi laptop suenan en mi pequeña habitación bonarense. Cambio una y otra, y otra más a ver si da resultado. Tengo mucho miedo. ¿Miedo?.. Pereza, temor estar en incertidumbre. Desde temprano me opuse, dije “no una noche más de insomnio”.

Por alguna extraña razón no puedo dormir desde que llegué a Buenos Aires (exclusivamente a Capital Federal, porque en otras provincias o países australes no sucede).
Mis horarios de sueño se han entorpecido y parecen haber llegado al borde de lo absurdo. Están desquiciados, sin inercia, no ceden a lo que debería ser normal.
Son sólo cuatro horas de diferencia con respecto a Hermosillo y nada más una, sí, ¡una! con el Distrito Federal y no puedo adaptarme. Pero no creo que sea eso, soy buena para la adaptación. Cuando recién llegué sufrí una tos terrible y atribuí a mi enfermedad la dificultad para dejarme arrollar con Morfeo.
Ahora en parte culpo un poco al mate, quizá ese efecto “leve estimulante” en mí se magnifica y no me deja conciliar el sueño.

El departamento es muy frío, callado y oscuro de madrugada, lo tengo casi estudiado. Mis compañeros parecen dormir cómodamente en sus lechos porque no emiten ruido alguno y lo peor es que mi cama es más cómoda y mi cuarto, más acogedor. Aún así el sueño no llega.
Apago la música. Cierro definitivamente la laptop. Despido a la luz artificial: le digo buenas noches: me persigno: me arropo: cierro los ojos: trato de respirar profundo, como para engañarme a mí misma de que estoy a punto de caer en un profundo sueño que no puedo controlar.

Nada de eso; el engaño no dura más de dos minutos. Abro los ojos y veo la luz de alguna lámpara de afuera entrar tímida por mi ventana, sólo una ráfaga casi inexistente. Cuando me acostumbro a la oscuridad y mis pupilas se dilatan miro las fotografías que desde que llegué aquí pegué en el vidrio.
Tarareo alguna canción… ¿por qué no? Aunque me sienta ridícula, nadie me escucha: recuerdo mi infancia: saco de ella las mejores canciones que la ‘Sandra’ (mi madre) me cantaba: aunque no daban resultado porque siempre le callaba, hoy, 20 años después, tengo fe en ellas: la Muñeca fea.


Escondida por los rincones,
temerosa que alguien la vea
platicaba con los ratones…

No. Realmente me siento absurda .

Di por qué, di mi abuelita
Di por qué… eres viejita.


Al tiempo de estar así, me escucho ridícula y prendo de nuevo todo para darme cuenta que ya son las 3 de la mañana, el camino va de mal en peor.
¿Qué se tiene que hacer para conciliar el sueño en Buenos Aires? Es la ciudad de las incongruencias, o soy yo, la inquilina inadaptada.

Tom Wolfe otra vez me entretiene con sus escritos de periodismo canalla esta madrugada. ¿Quién le seguirá después? ¿Las aventuras de La Coquito (libro de cuentos medio eróticos atrapados en la época del feudalismo en Francia, cuyo autor es Joaquín Belda –vaya usted a saber- y me costó 2 pesos argentinos ($5.70 mex, aprox)?

Lo peor de esta sala de espera viene ahora cuando acostada con los ojos rojos e hinchados de leer a Coquito (mis lentes se trituraron en el viaje a Chile) veo que la luz de aquella lámpara anónima exterior se maximiza. Las fotografías pegadas en la ventana son más traslúcidas, entra más y más luz. ¿Acaso alguien ha encendido otra lámpara?
Veo la hora: 6:10 a.m. El sol me ganó otra vez la carrera. Perdí otra vez y me vino a encontrar recostada, con un libro en la mano y toda una ronda de canciones escuchadas una y otra vez.
Estando así, casi sin cambio alguno, dos horas más tarde decido que es hora de prepararme unos huevos fritos sólo con ají picante (porque descubro que el jamón caducó) con la pena que implica hacer tal escándalo en la cocina cuando aún hay personas dormidas.


Ahora son las 5:20 de la tarde y ni un poco de aletargamiento me acaricia. No he dormido ni un minuto. Ya tomé la ducha, salí a la feria de libros y estando ahí, cuando sentí un poco de debilidad, corrí al departamento en espera de dormir por fin, aunque ya ¿para qué? la pelea está perdida de cualquier modo.

viernes, octubre 12, 2007

‘El metro atrapado en los tiempos del cólera’









Cuando uno piensa en México… ¿qué cae en la cabeza? Patria, buena comida, familia, amigos, parrandas, cheve (o chela, según sea el caso).
Pero en lo negativo también recuerda a su país como una nación en apenas vías de desarrollo, atrasada en muchos aspectos como sus carreteras, infraestructura, sistemas, etcétera.
Sin embargo viajar más de 20 mil kilómetros para cambiar tal realidad es una lucha inocua.
En el Distrito Federal uno puede pensar que existe el metro más saturado del mundo, sucio, oloroso a naturaleza humana sin refinar, atrasado y viejo.
Pero no. A miles de kilómetros de distancia ocurre algo peor: el subte de Buenos Aires.
Viajar aunque sea en las líneas más modernas es un viaje al pasado. Me recuerda inevitablemente a la escena de la película Frida cuando ésta viaja en el tranvía y entonces deviene su accidente.
Sí, es el subte (metro) de Buenos Aires, un aparato con interiores en madera que parece de la época del porfiriato. Con sillas como las de la plaza Zaragoza y ventanas sin vidrios, aptas para cualquier aficionado al suicidio.
Del techo cuelgan anillos como el de los gimnastas olímpicos para sostenerse, en lugar de barras ¿a quién se le ocurrió? Si incluso, los anillos en este deporte significan el esfuerzo para mantener el equilibrio, es decir, ese sistema de cables no fijos reta al cuerpo a mantener una armonía y no caer. Por supuesto que los pasajeros no tienen otra opción que colgarse de ellos y tratar de mantener el equilibrio ‘meneándose’ de un lado a otro en los arranques y altos (escena que para mí es divertida por la espectacularidad de los cuerpos en la inercia).

¿Qué pasa con el sistema de transporte subterráneo en Capital Federal bonarense? Que alguien me diga por favor.
Porque aparte de la retrasada decoración interior –la cual se soporta por que se asemeja a entrar a una divertida máquina del tiempo- la velocidad es para mí, ridícula. Estoy segura que corriendo enseguida del subte puedo llegar más rápido. Incluso cuando trabajé en Mundo Divertido y mi consigna era manejar el tren, lograba velocidades más agresivas.
Este transporte no hace otra cosa que recordarme también al trenecito del Parque Infantil de Hermosillo en su antigua versión, porque no lo conozco renovado.
Hasta los túneles del dichoso parque donde se hace todo oscuro y uno levantaba las manos para gritar con emoción, se asemejan. Hay ciertos trayectos en el subte en que inexplicablemente los vagones quedan a oscuras por segundos, cosa que no pasa en el metro de la Ciudad de México ni en otros que he podido conocer como el de Chile, Boston o Nueva York.
En la estación Congreso de la línea A, que sale desde Plaza de Mayo hacia Primera Junta, el nombre está marcado con unas hojas de papel bond impresas en computadora y pegadas en la pared del andén. Las puertas las tiene que abrir uno mismo, y si tiene suerte el tren no arrancará antes de que termine de cerrarlas ya sea para entrar o salir. (Lo bueno que la velocidad es tan infantil que no creo exista gran peligro) (¡Ah! Y lo bueno también, es que el conductor avisa con un silbato –sí leyó bien, un silbato como de árbitro- cuando va a arrancar).

Pero bueno así es el subte de Buenos Aires. Además inservible para mí por las pocas líneas con las que cuenta y el ilógico acomodo de ellas para combinar (se podrá observar en la figura).

Por algo el pasaje cuesta 75 centavos. Por algo no está tan saturado de especie humana como el del “defe”. Por algo casi nadie lo utiliza y por algo actualmente su organización sindical enfrenta un problema con los patrones en busca de un mejor sueldo que seguramente no obtendrán porque esto parece ser un eterno círculo vicioso.

miércoles, octubre 10, 2007

POSTAL

lunes, octubre 08, 2007

De la soledad en los viajes (se incluyen egofotos)




La soledad en los viajes es como un matrimonio de años: no se puede renunciar a él, o al menos es difícil. Se alimenta de peleas, reconciliaciones, comodidades e incomodidades. Gustos y disgustos. Diálogos y de pronto, así sin más, falta de comunicación.

El viernes pasado planeé, repentinamente, hacer un viaje a Santiago de Chile. Era ese afán absurdo y humano de querer conocer otro país.

- --- Vos, ¿para qué vas tan lejos, boluda? Si hay tantas cosas más bonitas que conocer en la Argentina… -me insistía Germán, mi compañero de departamento.

- --- Pues porque quiero pisar otro país. Conocer otra moneda, a lo mejor. Otro acento, quizá. Prometo que sólo Santiago, voy y vengo en tres días.

- --- Vale, aquí te esperamos.

¡Ay wey! Eso fue el viernes. El principio del recorrido fue un mar de lágrimas: perdí mi bus desde la central camionera por no entender el acento argentino en los altavoces que anuncian las salidas. Gracias a un chofer que estaba purgando pecados, intuyo, me fui de contrabando en un “Rápido”, esos camiones amarillos que, como todos en Argentina, son de dos pisos y me hacen sentir en el primer mundo.

Al día siguiente en la madrugada, apenas, llegué a Mendoza. Esa ciudad al lado de los Andes que presume un buen vino y actividades ecoturísticas al por mayor. Supongo que para turistas con dinero al por mayor.

Estuve hasta medio día caminando, viendo, oliendo, comiendo alimentos baratos. Cuando me cansé, ya debía tomar el bus a Santiago de Chile.

No dormí en el camino. Fue desgarrador para mi impresión, ver desde lejos la Cordillera de los Andes y ver, como de a poco, me iba acercando. Me bajé al piso de abajo a donde el chofer para tomar mejores fotos, para ver mejor. Él por su parte, me explicaba detalles del camino.

De pronto empezó a hacer más y más frío. Se sentía aún adentro del camión. Luego dejé de ver de lejos las montañas… ya estábamos sobre ellas. Había nieve y en mí un palpitar desconocido hasta entonces.

- --- ¿A qué altura estamos? –le pregunté.

- --- Como a 5 mil, creo. Ahorita llegaremos al punto más alto, es ahí donde está la frontera.

Y sí, llegamos al cruce. Después de sellar el pasaporte y hacer todos esos trámites que no deberían de existir, pisamos tierra chilena. Al rato, llegamos a Santiago.

Yo tenía visto un hostel desde internet y llegué a él en subte. Sí tenía miedo, la verdad. Era de noche. Era yo, la diminuta mexicana en falda larga y tenis, con una inmensa mochila. Era yo la desconocida que no tenía ni idea de las calles, del ambiente o de los peligros. Era yo, sólo yo. Ah bueno, y mi soledad, de la que seguiré hablando después.

Me quedé en que fue el viernes…

En Santiago pasé sólo dos días. El plan inicial era regresar a Buenos Aires… pero ¿qué más da un recorrido más? Al llegar a la central pregunté por Valparaíso. El viaje no era caro y no estaba lejos, así que compré el ticket y antes de irme, reservé en un hostel por internet: Pilcomayo fue el elegido.

Llegué a Valparaíso bastante tarde. Era noche y la gente local me recomendó tomar un taxi para llegar al barrio donde estaba el Pilcomayo.

- --- Es peligroso. Deberás irte en taxi, porque además vas a tener que subir un cerro, el Concepción y no es muy seguro niña.

- --- Y en transporte público… ¿cómo llego?

- --- Mmm… pues en ese que viene ahí, dile que te deje abajo del cerro Concepción.

Tomé una decisión que mi abuelita no sólo hubiera reprobado sino que, de saberla en su momento, hubiera tomado como motivo de un infarto o coma diabético. Me fui en camión hasta el cerro y de ahí me di cuenta que era bastante qué subir y demasiada oscuridad. En efecto el barrio no se veía muy confiable. Por suerte, dos trabajadores del Gobierno de la Ciudad me acompañaron.

De Valparaíso y mis impresiones, hablaré después.

POSTALES DE VIAJE
















Imaginarse un paseo a lugares tan lejanos de lo habitualmente acostumbrado a visitar desde las desérticas tierras de Sonora (Kino, San Carlos, Estados Unidos, México, Yécora, si bien nos fue) resulta difícil.
Esta ruta que incluyó el centro y oeste de Argentina primero, centro y oeste de Chile después, terminando por la cordillera de los Andes con el sur chileno, la patagonia gaucha y un regreso atravesando la pampa argentina, fue más espectador que turisteador; más siendo un viaje solitario como el mío. (La ruta de Diarios de Motocicleta pero al revés y sin Perú)
Resulta interesante que de un país a otro, de una simple línea ubicada en el punto más alto de los Andes entre Argentina y Chile, denominada frontera, pueda cambiar tanto la forma de hablar de su población, de comer y de conducirse por el mundo.
Aún cuando en décadas como el 70 cuando las represiones militares se vieron –después sabido- hermanadas entre ambos países para llevar a cabo sus planes contra las víctimas acusadas de rebeldes, las dos naciones son muy distintas.
Desde un acento que peca de divertido y cómico que es el de los chilenos, hasta una alimentación basta en mariscos de los más variados debido a que todo su país cuenta con una franja costera rica en producción de sea food de concha, principalmente.
A Santiago de Chile le debo más que nada esa habilidad para saciar mis ganas que arrastraba desde hace más de un mes, de comer aunque sea un pedazo de mar cocido debido a que en Buenos Aires los mariscos no son lo fuerte. Los camarones son casi inexistentes.
Y aún cuando en Santiago estos crustáceos tampoco abundan, sí es fácil obtener a un buen precio un plato denominado “paila marina” que contiene todos los mariscos habidos y por haber, incluyendo muchos que yo ni siquiera conocía y de cuyo nombre, por ende, tampoco me acuerdo.
Desde antes de llegar a la “vega”, un estilo de mercado muy del pueblo para el pueblo, se puede aspirar el olor a almejas y ostiones, crudos y cocidos. Por fuera dos burros amarrados al andador del puente del canal son ofrecidos a la gente para que ella misma le saque leche y la tome.
- ¿Así directa la leche del burro? ¿De la teta al vaso?- le pregunto a mi amigo chileno Mauricio.
- Claro, si así es más rica, tiene más vitaminas como cuando un bebé lo saca directo de la mamá.
(No pude evitar pensar en mí succionando a mi pobre madre la leche de aquellos poco prominentes pechos suyos que cuando fui bebé nunca pudieron alimentarme del todo).
Dentro de la “vega” los platillos abundan. Los puestos abundan. De pronto se me vino a la cabeza la imagen del Mercado del centro de Hermosillo; aunque nunca he comido ahí, me da la impresión que así se acomodan los pequeños puestos de comida con meseros acosadores por cualquier lugar.
La comida en la “vega” es rica y a buen precio, entre los 2 y 3 mil pesos chilenos (40 y 50 pesos mexicanos). El pescado frito es popular aunque “mucho ojo”, no es frito como se conoce en México, sino es una especie de merluza que bañan de un poco de huevo y harina y después fríen. Eso me desilusionó un poco, lo acepto.

Olor a chuchoChucho es el nombre de mi perro en México, al que tanto extraño, casi más que a cualquier persona que pudiera extrañar.
Valparaíso huele a chucho, pero no a Chucho. Y realmente huele a chucho, pero, repito, no a Chucho.
La falta de control canino en todo Chile es muy evidente. Los perros callejeros son una pieza de la escenografía citadina diaria y tan normal que los mismos chilenos no reparan en notar.
Valparaíso es el paraíso canino. Hay decenas, cientos, miles y eso tiene una consecuencia: las calles huelen a orines de perro y cosas peores.
A pesar de ser un puerto de suma belleza y peculiaridad tanto por la arquitectura de sus humildes y muy llamativas casas, algunas de colores que yo creía inexistentes, tiene el desperfecto de la abundancia canina.

Rural
Los chilenos en general, según los lugares que pude visitar (Santiago, Valparaíso, Viña del Mar y Puerto Montt) son rurales. Lo son en el sentido de que al menos en mi experiencia, se fascinan con la presencia de extranjeros.
Yo era entonces una exotiquez mexicana visitando a una población gobernada por Michelle Bachelet, que me abrió los brazos fácilmente.
El chileno promedio que conocí muestra interés por mi país y se emociona al ver cosas sencillas como monedas o al escuchar mi acento.
Son abiertos, en lo general, diría. Son atentos con una sencilla forma de vida a excepción de los cosmopolitas de la zona central de la capital. A todo le ponen palta (aguacate) y creen que son creadores de las mejores empanadas del mundo. Lejos de las historias negras tras la etapa de la dictadura y la transición, o las leyendas del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, Chile es un país de diversidad y acogimiento, lucha diaria y acogimiento natural de sus pobladores hacia el visitante extranjero.

El montevideano










El montevideano

El montevideano camina, mira con soltura, habla con seguridad. El hombre montevideano se siente orgulloso de sí y de hasta más la ínfima historia de su patria.
Uruguay está en tierra firme, pero casi siempre rodeada de agua. Montevideo relincha entre sus muros y fronteras del agua, del río de la Plata.
El montevideano asume su roll y da un paseo turístico a nosotras, las visitantes, a rincones especiales de la capital más austral de América.
Su nombre es Nicolás, Nico.
Nico sabe hasta qué suelos pisó Artigues, el libertador de Uruguay, y qué centinelas estuvieron en los tiempos de lucha más importantes.
Son las 3 de la mañana y Montevideo es una ciudad totalmente muerta, y es sábado. Aún en el área de boliches (antros) más común no hay gran población viva cuando cae el sol y casi está por llegar de nuevo.
La puerta de la antigua Ciudadela está desierta pero la seguridad es una de las principales características de la ciudad, colocada entre las más seguras de América.
Además, Montevideo se registra como la ciudad con primer lugar en Latinoamérica en cuanto a la consciencia de corrupción por parte de sus habitantes, y de las primeras en alfabetización y nivel intelectual además contar con la población que más consume mate en el cono austral.
Nico es un chico uruguayo joven: 24 años. Conoce bien su historia y como sus compatriotas en general, se siente orgulloso de su bandera, las luchas pasadas y la vida muy sencilla del montevideano.
“Aquí no somos soberbios no pretendemos más, somos felices, somos tranquilos. Montevideo es una ciudad prefecta para el uruguayo: no es muy grande para sentirnos abrumados ni muy chica para enfadarnos”, dice Nico. Y quizá sea cierto.
Los habitantes caminan en una de las pocas capitales de un país que es casi como una provincia por su sencillez y poco territorio. Son un millón de uruguayos en Montevideo (lo equivalente casi a la población de Hermosillo) y sólo dos millones más se esparcen por el breve territorio del país.
La peculiaridad principal de la ciudad es que hay ciertas calles (‘caches’, pronuncian ellos al igual que los argentinos, aún con la confrontación actual que existe) en que uno se puede parar en la esquina. Si mira hacia el final de la calle de enfrente se visualiza el río. Si mira al lado izquierdo a lo lejos, también. Y si enfoca a lo lejos de la calle de su lado derecho igualmente encontrará el río. Pareciera una pequeña isla el área de la “ciudad vieja”. La ciudad también es mejor aderezada con su característica bebida “grapamiel” (un destilado de lo destilado de lo destilado de las sobras de las uvas en los molinos, mezclado con miel para quitar su sabor desagradable, obviamente muy barato).
Así como Nico, ahora novio de mi amiga colombiana, se encargó de asomarnos a todas las ventanas de Montevideo de una forma amena y sencilla pero con mucho conocimiento, también habrá otros Nicos en Uruguay que son muy similares.
En otras ciudades que pude conocer como Colonia del Sacramento sus habitantes comparten características similares: orgullosos de su pequeño país (en extensión), conocedores de su historia, bastos en cultura general y muy sonrientes casi siempre hasta el final.

sábado, octubre 06, 2007

De espejos

Verme al espejo de cuerpo completo era casi una obsesión. Un ejercicio, una rutina, un tic nervioso.
Desde que tenía 4 años y vivo en la colonia Los Arcos, se mandó instalar espejos que vistieran por completo una de las paredes de la sala de la casa. Desde entonces, mirarme de cuerpo completo desde mi forma de caminar, vestirme y moverme era no un lujo sino una necesidad.
La falta gradual de espejos en mi vida me ha afectado menos de lo que imaginé.
Lo peor vino un día de febrero de este año, cuando yo estaba en México, Distrito Federal, y mamá desde la bocina del teléfono antiguo de la sala en Hermosillo me dijo que quitaría los espejos. Mi respuesta fue contundente y hasta imperante: ¡NO! Ella refinfinió un poco, trató de persuadirme con su argumento “están pasados de moda” pero nada: el resultado fue ¡NO por favor! Me quedé tranquila los cuatro meses posteriores que seguí en la Ciudad de México. Ahí tenía en mi departamento de la colonia Roma un vestidor con un espejo de lujo que hacía buena pareja con la luz del cuartito.
En junio, al regresar a la tierra del menudo blanco, instintivamente dejé las maletas en el pasillo para entrar a la sala y verme en el espejo y así percatarme cómo lucia después de 2 horas y medio de vuelo. El encontronazo con otro caos peor fue devastador: ni una huella de aquella pared de despejos quedó. Evidentemente la desobediencia se asomó a esas latitudes desde hacía quién sabe cuántos meses en que yo ignoré.
En su lugar, mamá había mandado comprar un espejo de cuerpo entero para mi cuarto, objeto que antes no existía debido al basto reflejo que de mí misma podía obtener en aquella pared del paraíso, tan apreciada por mi.
Ahora en Buenos Aires la cosa está peor. Hace tiempo caminaba por las calles de Corrientes y al llegar al mall El Abasto, casi por aburrimiento, entré a medirme ropa a las tiendas. Fue entonces que descubrí el ocaso de días: yo ni siquiera había reparado en mirar mi reflejo de cuerpo completo desde hacía tiempo.
En mi cuarto bonarense sólo un espejo redondo de 20 centímetros de diámetro cuelga gracias a un mecanismo improvisado con un escapulario abrazado de un agujero para colgarse de un cable que parece en un tiempo sirvió para una línea telefónica en la pared.
En ese espejo del mall vi mi figura algo castigada por la carne a la parrilla, cerveza, vino y Bon o Bon que consumo. Realmente no había visto en días, quizá semanas, mi cuerpo que antes acostumbraba ver en la pared paraíso mínimo veinte veces antes de salir a la calle y dos veces al regresar, diariamente.
Ahora no sé si cuando regrese a Sonora seguiré con mi recurso de impugnación a favor de que regrese la pared paraíso, además de colgarse en un lugar fijo mi espejo del cuarto. No sé entonces, si decidiré simplemente colgar otro espejo redondo de 20 centímetros de diámetro que me haga fantasear y hasta no reparar en mi propia realidad física para siempre.