No hay droga más delatora, visible y ‘olible’ que la marihuana. Y de esto se devienen un millón de problemas y circunstancias más.
Hace unos días, estaba en la cúspide de la ‘farra’ y diversión en un boliche (antro en mexicano) llamado Mint.
La música electrónica suena al borde de lo tolerado físicamente, cientos de jóvenes desesperados por vivir bailan y se mueven como si recibieran toques eléctricos y estuvieran en brama. Las bebidas abundan. El piso mojado de residuos y contaminado de vasos rotos.
Yo y mis tres amigos en una fiesta bastante sana (el presupuesto era reducido, no había mucha adquisición de bebidas). Bailando entre la multitud de esos lugares negros de color, se pierde la identidad de cada ser. Riendo, haciendo pasos extravagantes y fotografiando como el suceso del año.
Nada amenaza con parar el momento, son apenas las 4 de la mañana.
Pero a las 4 más un minuto tres hombres altos, fornidos y vestidos de negro se acercan a mi compañero colombiano, Daniel. Lo toman de un brazo: le dicen algo al oído: se lo llevan afuera: lo sacan definitivamente.
¿Motivo? Los tipos aseguran haber olido lo similar a marihuana quemada dentro del lugar y atribuyeron el hecho a mi amigo sin tener prueba alguna y sin permitirle defenderse. Y él, que no había fumado, ni nosotras, de un momento a otro nos encontramos fuera del lugar, mientras la fiesta vibra aún y late ahí dentro; nos vimos de pronto jugando sólo con residuos del sonido electrónico que se despedía hacia el exterior.
En este suceso que refleja lo humano del ser siempre ligado a la convención. A atacar lo que no es convencional. Es muy probable que nosotros cuatro hubiéramos sido los chicos más sobrios e inocentes dentro de Mint. Con sólo quizá uno o dos gramos de alcohol en el cuerpo, ganas de divertirnos, y con 40 pesos menos en el bolsillo, que fue el precio por entrar. Mientras dentro, dejaron a cientos de almas emborrachándose hasta hacerse explotar, otros tantos más adelantados bajo los efectos de psicotrópicos. Drogas variadas como cocaína, ácidos… Seres potencialmente más dañinos. Jóvenes que prefirieron dejar la marihuana para probar con otras cosas más fuertes y menos delatoras; más adictivas y pero menos notables al consumirlas.
Yo si bien nunca he probado la marihuana ni otra droga (esto es sólo por si lo lee mi madre) (mamá: pero es cierto, eh), tengo noticias de que esta hierba verde es algo de lo más natural –en el sentido de que no está bajo procesos químicos- y que además el efecto es una tendencia depresiva como el alcohol, que vuelve más bruto al hombre de lo que de por sí es y un poco más pacífico por así decirlo.
Hay noticias de que en Sonora, México, el alcalde Ernesto Gándara está realizando operativos para revisar automóviles de jóvenes que van a fiestas electrónicas, y los resultados han sido hallazgos de pastillas, cocaína y hierba. Muchos de ellos apenas adolescentes, tuvieron que pasar por la terrible pena de salir en medios de comunicación por el operativo y también de ser descubiertos por sus padres. Esto no lo veo tan mal, debido a que es una caza de jóvenes con posesión de todas las drogas en general (lo cual puede parecer un delito hasta que se demuestre que sólo son cantidades mínimas para consumo personal y no venta). Lo que sí es cierto es que los chicos una vez que son descubiertos por sus padres y familiares tienen dos opciones: dejar de usar drogas o seguir por el mismo camino.
Yo en lo personal tengo un muy amigo mío que en sus años maravillosos entre los 18 y los 20 había probado todas las drogas del mundo (eso decía él) y se pasaba la noche hasta el amanecer inmerso en un sueño de hadas y bailes proveído en el mayor de los casos por pastillas de éxtasis. Un día su madre lo captó en estos movimientos. Su vergüenza fue tal, que jamás volvió a probar nada similar.
En general todo esto recae en el asunto de la convención como señala Fernando Sávater en el prólogo de Desafíos del Nuevo Milenio *. Legalizar las drogas blandas o no, es un debate constante que puede tomar como referencia de argumentos estas situaciones: los jóvenes están dejando de consumir drogas más inofensivas para optar por las más duras y fuertes con tal de pasar inadvertidos en un corral de chicos drogados, alcoholizados y moviéndose como si sufrieran extorsiones constantes.
Pero es eso: sistemas de control como el de Mint y que seguro debe funcionar igual en todos los lugares, toman como referencia (porque no saben de qué más tomarse) el asunto de la convención, y las leyes claro, que están creadas también a partir de este periplo.
No se si alguien se ha puesto a pensar en esto, y en lo mucho que las generaciones de jóvenes que se drogan (las cuales siempre va a haber) están cambiando. De las evoluciones fácticas de sus organismos y necesidades de sustancias para divertirse. De la facilidad con que consiguen pastillas, ácidos, polvos mágicos. Y de lo inadvertidos que se hacen pasar los sistemas que pudieran controlar estas situaciones y que finalmente sólo se van por el más débil y bruto al momento de ser visible.
*Desafíos del Nuevo Milenio, Daniel Ulanovsky
miércoles, noviembre 07, 2007
De la convención
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