Los vemos en las calles, en las banquetas, en las entradas de los supermercados; hurgando entre basura, en las esquinas. Es la gente que trabaja en la calle y no produce. Vive de la bondad de los demás.
Esta es una serie de cuatro historias distintas con algo en común: personas que sólo despiertan para sobrevivir y cargar a cuestas con sus sueños. ¿Les quedan seños? ¿Cuáles son?
SERIE DE CUATRO HISTORIAS
Busque hoy: Un limosnero que fue líder estudiantil
Busque mañana: Un pepenador que sueña con su mujer muerta
Domingo 23 de diciembre: Una “María” que anhela regresar a su pueblo
Lunes 24 de diciembre: Un anciano que desea volver a ser útil
HE ESTADO A PUNTO DE MORIRME MÁS DE DIEZ VECES
Por Sandra Romandía Vega/EXPRESO
sandraromandia@expreso.com.mx.
HERMOSILLO.- A mí sí me gusta la vida. Es bonita la vida, me entiende, es bonita. Pero, ¿sabe qué?, es más bonita la muerte. La muerte es algo de puro espíritu, ¿me entiende? Y el espíritu no necesita nada.
Víctor está sentado sobre su silla de ruedas, con las piernas dobladas y los pies -desnudos y cortados- apoyados en el asiento, sujetados por sus manos que los acarician todo el tiempo. Al platicar, tose de vez en cuando y siempre está sonriendo y mirando a su izquierda a cada rato, hacia donde está la calle.
Víctor Murrieta está en su casa: un cuarto de unos cinco por cuatro metros, con una puerta que cuelga de un lado, agua en el cemento que sale de alguna fuga, y fierros viejos en botes de pintura vacíos. Huele a olvido y agua estancada.
A sus 49 años, presume haber sido en un tiempo -cuando caminaba- un líder estudiantil y haber cursado un poco de Psicología y Trabajo Social.
También, estuvo enfilado a punto de partir a la guerrilla de Nicaragua, del lado de los sandinistas, pero antes de irse, en un atentado en Culiacán, tres balas se le quedaron en su espalda para siempre… y él para siempre en la silla de ruedas.
Yo nací en Villa Juárez, pero en la universidad me ofrecieron becas y me fui a Culiacán. Aunque no lo crea, siempre líder de grupos estudiantiles, siempre luché, siempre de izquierda. Pero también siempre fui movido y vago.
Todavía después que vino todo lo demás, señorita. Todo lo demás, eso cuando una vez en Culiacán iba a una posada y no iba armado, y tres me esperaron a media cuadra, ya estaban listos para tronarme y me dieron; así quedé en la silla esta. Y sigo aquí, dando lata; si no crea, me salvé de milagro, mi Dios me ha cuidado mucho, ya estoy muy ‘catiado’, eso sí.
Víctor, desde hace un año está casi siempre en su casa de la colonia Los Naranjos. Su salud se agravó desde entonces y le es casi imposible ir al punto donde siempre trabaja, en las calles Jesús García y Luis Encinas, pidiendo para comer y tomar. Ahora vive de la caridad de los demás, de sus amigos que le dan un plato de comida o de su madre.
Uta! He estado a punto de morirme más de diez veces. Más de diez veces me han atropellado en la calle, con eso le digo todo. Y luego, cuando me salí de psicología de la Unison, cuando ya estaba en sillas de ruedas, me fui de vago por el país, a conocer. Dije “si ya me van a tronar o me voy a morir, ¿por qué me quedo? Mejor me voy de vago a conocer”. Y me fui así solo, nunca falta alguien que se acomide cuando me ve la silla. Vendía dulces, chicles, en el D.F, en Tabasco, en Veracruz. Muchos lugares.
Pero ¿sabe por qué me regresé? Por el terremoto del 85 en el D.F. Me tocó todo y vi muchas cosas horribles. Mi edificio se partió y tampoco me morí, por eso le digo que tengo mucha, mucha suerte. Así que dije “no’mbre, mejor vámonos a mi tierra”.
Y ya aquí empecé en los cruceros, en el faro, en la estación del ferrocarril. A juntarme con teporochitos, esos meros de los que usted ve en El Mundito, de esos. ¡Uh, cómo sacamos curas! ¿De qué hablamos? De puras tonterías; de cómo conseguimos el ‘ varo’, de cómo ‘choreamos’ a la gente, y todo pal’ pisto pues. Son gente con coeficiente intelectual muy bajo señorita.
Y lanza una carcajada como si le recordara anécdotas. Por un momento, no deja de reír.
¿Qué puede soñar Víctor? ¿Qué puede soñar, despierto y dormido, alguien que amanece para conseguir su plato de comida? Ya no alcohol, porque desde hace un año, por salud, tuvo la voluntad de dejar de tomar.
Detrás de su imagen sucia, descuidada y de discapacitado, en su mente se esconde tímida la esperanza de algún día volver a caminar y ver a sus hijas. También su ilusión es tener una buena vida después de la muerte.
Cuando me pasó lo de los balazos, y estaba en el hospital, ¿no le dije? ¿No verdad? A pues me fui… me transporté sin mi cuerpo a un congreso de estudiantes en el D.F. Sentía que andaba por ahí pero que nadie me veía. Algo así ha de ser la muerte. Yo creo en el espíritu, ¿ve? Quiero andar por ahí donde yo quiera, y no necesitar nada ya.
¿Mi sueño? Ah cómo no, sí sueño, casi nunca pero sí ¿sabe qué soñé? ¡Que caminaba! ¡Qué loco! Entonces Víctor empieza a reír y se tapa la boca con su mano izquierda, la que también resultó dañada con los balazos y no puede mover bien.
Entonces, señorita, yo andaba así como si nada caminando ¡ah! pero cuando me di cuenta que caminaba, ¿qué cree? Empecé a correr y correr. No sé por qué, creo que pensé que no quería pararme porque si lo hacía, si me paraba, ya iba a estar en la silla otra vez. Después desperté y dije ¡qué loco!
Después de pensar y reír sobre sus sueños dormidos, respira y deja un silencio enorme para describir sus anhelos.
Con el frío se aprieta más los pies contra las manos, porque están descalzos. Y mira de frente.
Yo ya perdí la esperanza, mi sueño es volver a caminar pero tendría que ser un milagro, señorita. Yo vivo porque me gustaría estar así, sentado como ahorita, y que mis hijas llegaran a verme. Ya deben tener veintitantos años. Una debe estar en el D.F. La otra, la dejé de ver a los cuatro años, no sé. Pero seguro no quiere verme, nunca fui responsable.
No me quiere.
Pero ¿que vinieran un día a verme? ¿Qué hago yo? No sé, sería muy bueno, una felicidad enorme. Pero bueno… esto es sólo un anhelo, señorita, un anhelo.
