Esta es una serie de tres historias de niños migrantes que intentaron cruzar Estados Unidos sin acompañarse de sus padres.
Algunos de ellos anhelan cruzar para reencontrarse con ellos; otros quieren ir para trabajar, enviarles dinero, y ser el “héroe” de la familia. Los sueños de todos ellos se vinieron abajo y ahora los acompaña el miedo, la soledad y un costal de experiencias que no imaginaron.
Vea hoy:
· La historia de un niño tlaxcalteco de 10 años de edad, que intentó cruzar para reunirse con sus padres a quienes no ve desde hace un año y medio
Mañana:
· La historia de un menor de 14 años que tuvo que beber agua de un charco en la carretera después de estar una semana en el desierto aferrado a su sueño americano
Pasado mañana:
· La historia de una niña poblana de 16 años que buscaba conocer Estados Unidos, aprender inglés, y mandarle dinero a su hermanita de 12 años que tiene un bebé producto de una violación
¿Dónde están, papás?
Segunda de tres partes
Alfredo, un niño de 14 años, resistió una semana en el desierto por ir en busca de alcanzar su sueño: trabajar en Estados Unidos y mandar dinero a casa
Por Sandra Romandía Vega
sandraromandia@expreso.com.mx
NOGALES.- En la noche se oían los ruidos de lo que Alfredo pensaba que eran conejos; el frío del desierto era algo nuevo para él y la oscuridad lo confundía. Temía encontrarse alguna víbora nocturna pero sabía que podría contra ella porque en su pueblo le enseñaron a matarlas.
¿Dónde estaban los padres de Alfredo mientras él pasaba ese miedo en una frontera desconocida? ¿Mientras él luchaba, ya no por cruzar al “otro lado”, sino por salvar su vida?
Su papá, en la cárcel.
Su mamá, trabajando en Tehuacán, Puebla.
Su papá, mató.
Su mamá, se fue.
Alfredo se había quedado sólo con sus tres hermanos en su pueblo, a unas horas de Tehuacán. La pobreza terminó por desesperarlo y decidirse ir a buscar un “tesoro prometido” en Estados Unidos. Entonces, tomó camino con un tío.
“Yo le dije a mi mamá, hablé con ella por teléfono y le dije que me venía a trabajar… no, no estaba muy convencida”, relata el menor de 14 años de edad.
Alfredo es de color moreno encendido, pelo negro con peinado rapo de los lados y parado del frente, ojos pequeños y muy oscuros. Mirada muy fuerte.
“Pensaba trabajar en el campo, aunque sabe qué, ni sé cómo será Estados Unidos, no me lo imagino… pero yo quería trabajar en el campo porque me gusta, sí, me gusta”, cuenta.
Diecisiete días antes de su relato, Alfredo había llegado al norte de México junto con su tío, a la región del Sásabe. Ahí les dijeron que debían caminar un tramo de desierto y después serían levantados por unos polleros que les cobrarían 5 mil pesos.
“Éramos un grupo de unos veinte y yo era el más chico”, dice.
Alfredo cargaba en su mochila unas galletas María, tortillas, pan, agua, atún y “chilito” para acompañar todo. Los demás, también llevaban sus provisiones.
¿Dónde están mis papás?
Mientras el niño sufría temor y frío, la mamá de él trabajaba en Tehuacán.
“Trabaja en quién sabe qué, la verdad no sé, nunca me ha querido decir; hace ya tiempo que se fue del pueblo y nada más nos manda dinero cuando puede”, explica Alfredo.
Su papá, en cambio, estaba encerrado en las paredes de la prisión de esa misma ciudad.
“Mató a un señor creo, no sé, ya tiene doce años ahí”.
Sus otros dos hermanos, más chicos, esperaban noticias suyas; y esperaban que en un futuro, les enviara dinero para vivir mejor.
Pero no fue así. Alfredo estaba asustado y comenzó a darse cuenta que cruzar no era cosa fácil.
“Estuvimos una semana, que íbamos y veníamos a un árbol, un día nos regresamos a donde estaban unas personas. Pero volvíamos a caminar por el desierto, ya no teníamos agua y nos estábamos perdiendo. Cuando veíamos a la patrulla o la escuchábamos, nada más nos tirábamos todos al suelo sin respirar, nos decían”, relata el pequeño y se le empieza a cortar la voz.
“Ya al final mi tío fue el que dijo que nos íbamos a morir, que no aguantábamos más porque no había agua… caminamos y vimos una carretera y ahí había un charco y yo tomé agua de ahí de la desesperación… ¡estaba muy mala!”, cuenta cuando empieza a salirle una lágrima, y continúa, “en cuanto vimos una patrulla hicimos señas, gritamos, nos entregamos porque ya nos íbamos a morir, dijo mi tío”.
Ahí, el sueño terminó.
Alfredo cuenta desde el centro de Atención a Niños Migrantes Repatriados de Dif Sonora, que está aburrido, tiene 12 días al cuidado de las autoridades, y espera que pronto su tío Bonifacio vaya por él. A ese lugar llegan unos 2 mil niños al mes que fueron regresados.
“Yo quería buscar trabajo en Los Ángeles, mandar dinero a mi pueblo. Yo ya no quería estar sembrando nada más pa’ comer… no me puedo comprar nada más nunca, sólo comida que sembramos que son habas, chiles y frijol”.
Cuando habló a Puebla para localizar a su mamá, lloró. Ella también lloraba. El sueño había acabado, pero Alfredo logró estar a salvo.
“Yo quería regresar con dinero en la bolsa y al contrario, van a gastar para venir por mí… pero no, no regreso, yo pensé que era fácil que no era difícil”, comenta resignado y suspira.
