Mientras hablaba siempre con fluidez de los chismes familiares, de su vida, de la historia de Hermosillo o de las noticias, yo la veía con atención.
Cierto. Llegué a preguntarme ¿mi abuela es eterna?
Desde que tengo uso de razón era viejita, nunca vi su proceso de envejecer.
Este año cumplió 96 años y en su cumpleaños era la misma: platicadora, independiente, ágil, sin enfermedades… ¿mi abuela será eterna?
Luego levanta las cejas, ríe con escándalo y mueve las manos de un lugar a otro para explicar las cosas. Se cree por tener tan memoria y ser tan lúcida, llegué a imaginar.
Esta mañana me di cuenta que mi abuela no es eterna.
Desde hace unas semanas mi abuelita siempre tan necia parece que decidió morirse. Así, sin enfermedad alguna sin ninguna señal de muerte. Simplemente dejó de comer y nadie la sacó de ahí. “Solo estoy esperando el día”, dijo.
Y el día llegó hoy. Yo estoy a 2 mil kilómetros de distancia y sin posibilidad económica de viajar para ver por última vez a ese imperio de canas brillantes y regaños insistentes. Quisiera imaginar que estoy cerca, ahí, con la familia y recordándole mientras ella está recostada en un lugar. Quieta al fin. Quizá entre sueños en su partida, como un adiós después del adiós, levante las cejas de nuevo y musite algún último chisme.
